Balada tropical

Durante 33 años y pico he esquivado cuidadosamente las consultas del psiquiatra, a pesar de mi obvia condición. Así que decidí alejarme lo más posible de aquel desastre de magnitud atómica. Me senté en un banco y miré con cinismo a la multitud. Súbitamente, como en los más bien patéticos video-clip de la televisión, estaba siguiendo el compás con el pie. ¿Compás? Para mi total asombro, después de unos diez minutos, la música empezaba a tener sentido. No se puede decir que fuera música, en propiedad. Algo quizás… como ruido sería más preciso. ¡Mucho ruido!

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Probablemente debería mencionar que soy alérgico a los performance, la mayoría de las veces me salen ronchas, y no puedo dejar de rascarme, cuando veo uno. Esa, combinado con el impulso de subir a la azotea del edificio más cercano y saltar, son mis dos reacciones naturales, cuando a alguien le da, por poner un ejemplo, por quitarse la ropa y pintar con los senos teñidos de hollín en el suelo. Mi desesperación suele incrementarse si además pretende explicármelo. Para mí, el éxito del performance antes descrito descansa en la relación que exista entre las tetas y el hollín, a saber, debe ser inversamente proporcional, o sea, a más tetas menos hollín. De forma que no puedo ser considerado un juez imparcial frente a este tipo de obras: estoy francamente predispuesto en contra.

No obstante trataré de describir, sin intromisión evidente de mi idiosincrasia personal, la actuación de Balada Tropical, o lo que ellos llaman “concierto”. Todo inició con la distribución en el escenario (como tal fungía el parque central de la facultad de plástica), de todo tipo de porquerías. Luego los alumnos tomaron su lugar tras los instrumentos (una sombrilla, y una barrera que en otra vida se usaba para amarrar bicicletas, y algunas sillas, y algo con ruedas, y una caja de batería inútil para todo otro fin, y algunas luces). El concepto metafísico que mejor describe lo que sucedió luego es el de recholata. Durante lo que a mí me pareció una media hora, quizás fuera más, los muchachos hicieron todo el ruido posible. Las fotos que aquí subo difícilmente dan cuenta de ello. Finalmente hicieron añicos todo lo que fuera susceptible de ser reducido a pedazos, cortado, roto, desgarrado, y un largo etc. Todo fue de una sinceridad brutal, a prueba de electrodos y pastillas. Lo que nos lleva a otra cuestión, la actitud frente a la postura. La postura siempre tiene algo de pose (valga la redundancia, o que no valga), de gesto, de actuación. La actitud, no. La actitud es visceral. Debe ser fingida para convertirse en postura. La postura es un remiendo de la actitud, el subterfugio de que se vale la institución para quitarles el filo a lo original y sentido. La actitud viene de los huevos, la postura de la cabeza. Estos muchachos, en mi opinión, como todo lo que escribo aquí, tienen actitud. Eso es algo refrescante en el ambiente competitivo del arte, donde la gente prefiere el compromiso a paga fija, y la estrategia usual es la mentira refinada o la manipulación burda.

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La destrucción de los instrumentos (unos chasis de display, y unas cosas parecidas a maracas, un utility, que nadie ha sabido explicarme con precisión qué es, quizás nadie sabe, y unos balones de gas, afortunadamente vacíos, y una guitarra de juguete de esas que tienen botones) sea quizás una deuda pendiente que tienen con Nirvana y el punk, pero por qué los destruyen: es una deuda que tiene con sus vidas. La destrucción de todo cuanto los rodea, como terapia, como catarsis, para dejar escapar todo cuando les oprime. Son muchachos fundamentalmente dañados por la vida, como todos nosotros, pudiera añadir. Muchachos a los que las circunstancias han impuesto condiciones absurdas (sería gracioso que luego se creyera que Balada Tropical es una suerte de efecto secundario de la 4 Pragmática de René Francisco :). Pero de nuevo, no están solos, por eso el público también rompe los instrumentos (un pedazo de puerta, o de ventana, o de tabique, o algo por el estilo, y una tuba con bolas pintadas en rosado, qué hay que tener carácter ¿eh?, y un altavoz, y un tubo de plástico de tres o cuatro metros, y múltiples pedazos de varias cosas, formas y tamaños que escapan por completo a la clasificación). ¿Qué es el hombre, sino ese deseo perennemente insatisfecho? Esa pulsación entre los muslos. Ese impulso a la auto-destrucción, como absoluta liberación de sí mismo. El suicidio del arte es la única salida consecuente de su exasperante mediocridad actual.

Es este hacer ruido y romper cosas un acto que tiene mucho de ritual. No por su forma externa, bastante descocida como ritual, sino por sus implicaciones emocionales. En este sentido se puede decir que esta más allá del arte, y se acerca a las prácticas religiosas que buscan el éxtasis. Y como a buenos latinos no se les ocurre meditar o dar vueltas como los farsis, sino que hacen bulla. Para mí, tiene sentido. Después de todo cuando mi vecino pone a todo volumen la música persigue objetivos similares (más allá de “especular” con su recién comprado y ridículamente grande equipo de música), a saber, olvidar por unos segundos la realidad, mientras se baña en el torrente de notas. Este largo momento de estrés auditivo y de descontrol tiene la recompensa evidente de la liberación personal. Es un paso atrás en la sociedad, un instante auténticamente gregario.

Algunas críticas se pueden hacer, por ejemplo, deberían mejorar la visualidad. Tienen la actitud, pero fallan en aquello en lo que precisamente deberían estar versados como nadie. La imagen del grupo pasa de desafinada (¿como los instrumentos?) y se vuelve insufrible. Salvo por una agradable payasita y Leonardo, el resto de los integrantes no parece comprender el carácter carnavalesco del evento. Y si hay una regla para los carnavales es la siguiente: mientras más colorido y excéntrico el vestuario mejor. Tampoco parece que hayan descubierto todavía la forma de interactuar con el público, tienen reticencias (y algo de miedo, pues el desastre de ellos es después de todo controlado, al menos por los sentimientos de amistad que existen, mientras que en la audiencia puede haber auténticos psicópatas), como se demuestra en la barrera que colocaron entre ellos y el público. Una precoz defensa de la santidad del arte, que afortunadamente el público ignoró en el climax.

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No debería privar al lector de las más obvias objeciones, pero ¿qué? Voy a darme el gusto. ¿Por qué entonces, objeta el lector, estudian en una escuela de arte? Precisamente por eso. La punción fundamental del arte es superarse a sí mismo. Quizás este performance no es para los críticos después de todo, sino para todos los demás seres humanos que pululan (y pulutan) en este más bien desafortunado planeta. La utilidad del ritual se sostiene por sí misma, cuando los otros intervienen y saltan la barrera y rompen algunas cosas por su cuenta. A la institución, en realidad, bien poco le preocupa si es arte o no. Le preocupa que están haciendo ruido: a mí me preocupa más qué estarían haciendo si no estuvieran haciendo ruido. Te cuento: después del concierto, que por supuesto no era un concierto, pero no era tampoco otra cosa y en definitivas, ¿a quién le importa qué era? nos fuimos a una fiesta en la beca. Con ansías de putañero viejo, esperaba una orgía, al menos. Mira, que tienen todos menos de treinta y más de 18 años (lo que legalmente me exculpa) y son adolescentes rabiosos y salvajes, ¿no? De nuevo, las cosas no salieron exactamente como suponía: una botella de ron para catorce no es suficiente combustible. Para mí en todo caso, porque ellos empezaron a bailar y a divertirse mientras oían el tema de Voltus V, y Hakuna Matata (o como se escriba eso, si viste el Rey León sabes de qué va la canción). De todas las fiestas a las que he ido, incluyendo a las que no fui invitado y de las que me sacaron en menos de media hora, esta fue sin duda la más simple y sana: sólo faltaron los juegos de participación para que se pudiera trasmitir por la TV un domingo en la mañana. Fue, verdaderamente, un grupo de adolescentes brincado de un lado a otro, sin más dobleces. Pero ¿cómo podría ser de otra forma? Todo quedó atrás cuando barrieron el improvisado escenario (sí, barrieron al final, para sorpresa de todos supongo). Junto a los escombros de lo que fueron sus instrumentos (una… ya me cansé de eso) botaron todo cuanto les agobiaba.

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En esto, como en todo lo demás, pero estamos hablando de esto, la institución confía en los que no debe y por las razones equivocadas. En los taimados y reprimidos, en los mal cogidos, en suma.

También de aquí le viene a Balada Tropical la trampa que se le tiende, la misma que, por cierto, nos tienden a todos: el deseo de la fama. En esto se deja ver a la institución subvirtiendo el esfuerzo artístico y brutal (y esa rabia descontrolada de los jóvenes) para volverlo anodino. Estábamos en la fiesta, ¿recuerdas? Pues entonces se pusieron a resumir los eventos de la noche, satisfechos consigo mismos. Después de haberlos oído hasta el cansancio hablar de la fama, llegué a la conclusión de que pasaba de todo aquello. Sinceramente, si quieres fama, monta un grupo de reguetón (algo que nunca he sabido escribir). Porque a la hora de la verdad ¿famoso como quién quieres ser? ¿Cómo Guns and Roses? Lo que estás haciendo es arte contemporáneo, ¿te enteras? Se supone que es para especialistas. Si te refieres a famoso como “mira, yo vendo mis obras y escriben sobre mí”, la pregunta sería ¿cuál obra? ¿Cómo se vende eso de romper cosas, eh? De cualquier manera, todo esto es de alguna forma innecesario, porque la fama es de por sí una de las cosas más tontas que existe: un espejismo cuidadosamente construido por los medios.

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Volvamos sobre esto: todos quieren algún tipo de reconocimiento por su trabajo. Esto es del todo lógico y saludable. Alguien que simplemente quiera ser ignorado es o un débil mental, o alguien con tal multitud de traumas que podría asustar a Batman (y, joder, que este se las ve con el Joker – blog aparte merece la espantosa traducción de Guasón, que parece dar por sentado que todos los hispanohablantes somos oligofrénicos). El deseo de reconocimiento público de las propias habilidades y del esfuerzo que implica toda obra que merezca el nombre de tal es, como venía diciendo, del todo sano. Otra cosa es el deseo de la fama, pues esta supone la construcción de un mito que tiene poco o nada de correlato físico. El reconocimiento va acompañado de cierta admiración, pero nada como el frenesí de estupidez que despierta la fama en los fans. En Cuba, donde no tenemos la costumbre de filosofar, pero pensamos como a martillazos (no exactamente a martillazos, sino “como a”), estas diferencias sutiles suelen ser ignoradas, y desgraciadamente nadie se las explica a los alumnos (mis esfuerzos en este sentido han sido históricamente ignorados). Los esfuerzos de un artista deberían dirigirse a hacer alguna obra que quede para las generaciones futuras, que desbroce el camino para los que vienen atrás. O sea, algo que importe generacionalmente, y por tanto en relación con la historia. No me refiero aquí a lo que se ha dado en llamar arte comprometido: eso es asunto aparte. Una obra completamente desconectada de la realidad, puede por sí misma tener valor y ser digna de atención por parte de la historia. Todo artista debería entregarse a algo superior a sí mismo, lo opuesto, poner el arte en función del artista, es un absurdo. Una verdad comprobada por todos los viejos artistas de este mundo es que aquellos elementos que por razones utilitarias se incorporan a la obras (digamos, los detalles para alabar al jurado) son precisamente los que más rápido pierden interés y fuerza en las piezas.

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En pocas palabras, si quieres fama haz un grupo de reguetón y si quieres dinero abre una pizzería. Pero hagas lo que hagas, por favor, deja el arte tranquilo. El día que balada empiece a romper sus instrumentos para complacer a los críticos o para hacer fama, el performance se va a volver una tontería, una payasada. Una vez desconectado de la rabia real, que al menos yo supongo que existe, lo que queda es un grupo de idiotas haciendo lo que mejor hacen: idioteces. El día que rompan un display para impresionar a alguien, van a perder todo mi respeto. Lo peor es que algo así puede perfectamente pasar, se deja ver en el horizonte como la amenaza de lluvia.


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