Sobre la dignidad y qué significa en el contexto…

Me imagino que alguna gente quisiera de mí un blog despotricando sobre la falta de libertad política y la pobreza en Cuba. Que conste que pienso que ambas cosas son circunstancias reales y sólo pueden ser oscurecidas y transfiguradas recurriendo a sofismas más o menos rebuscados. Esta ha sido esencialmente mi posición desde siempre. Cualquiera que me haya conocido después de los catorce años podría dar testimonio de esto. Incluso cuando trabajaba como profesor en la Universidad de las Artes o en la Universidad de la Habana. Es curioso que en ninguna de las dos instituciones nadie me preguntara directamente mis puntos de vista respecto a la política. Supongo que era del todo evidente la respuesta que iban a obtener de mí, y demostrando un tacto poco usual en nuestra tierra me evitaron el mal rato y las consecuencias. Gracias por eso.

Sea como fuera, y una vez dicho lo anterior, yo me niego a escribir sobre ese tema. Y tengo varias razones para ello. La primera y más evidente es que nunca he sentido inclinación alguna por la política, ni me he querido involucrar en el proceso. Mientras el 50% de mis condiscípulos en la universidad estudiaban la revolución cubana y los años 60, yo leía a Platón y a Aristóteles. También eludí todo lo que pude ir a las marchas y actos. Y cuando no me quedó más remedio que ir, aprovechaba la primera oportunidad para escaparme por la puerta de atrás. A la larga esto tuvo consecuencias, pues a pesar de mis notas obtuve el número trece en el escalafón. Pudo ser peor, si me preguntan.

Tampoco me involucré en ninguno de los movimientos en contra del gobierno. Mientras los blogeros cubanos ganaban premios y reconocimiento público, yo me dedicaba a hacer net.art y poesía electrónica. Y esquivé cuidadosamente todos los eventos y reuniones teóricas auspiciadas por los grupos opositores al gobierno. No me siento particularmente orgulloso de mi tímida postura. Pero espero que se entienda que realmente no tengo interés en el tema. Eso no significa que de vez en cuando, emborrachándome con un socio, no hable un poco mierda como todo buen cubano. Y sí, también hago profundos análisis del contexto latinoamericano que afortunadamente nunca serán escritos, porque me mataría la vergüenza.

Hasta aquí creo que cualquiera se podría identificar con mi caso. Me parece natural que a falta de aspiraciones o interés en el resultado del devaneo político, decidiera apartarme de esa peligrosa senda. O sea, por un lado el miedo concreto a la prisión y por otro cierta apatía hacía el tema, me alejaron de la política definitivamente.

Otra cuestión es por qué no lo hago ahora, en la seguridad del exilio. Resulta fácil, y muchos lo hacen, criticar desde lejos. No voy a juzgar a nadie que por ganar algo de distinción o publicidad, decida recurrir a este mecanismo. Tampoco dudo de que en muchos casos la pasión fundamental detrás de los textos sea más honesta. En definitivas cuentas, el miedo que antes silenció a estas voces no era para nada infundado, y no se debe ser muy duro con un hombre que grita cuando finalmente le retiran la mano del cuello.

Por mi parte no pienso a sacar ventaja alguna de ese hecho. Quizás para mi pesar (pues siempre me mantendrá alejado de las primeras planas) tengo la pretensión de ser consecuente conmigo mismo. Si antes, cuando podía acarrear algún resultado, aunque fuera poco, no hice nada, ahora no voy a convertirme en un paladín de ninguna causa. Si antes callé y demostrando realmente poca originalidad opté por emigrar cruzando la frontera de México, ahora no voy a hace alardes de oratoria y llamados a la rebelión.

Por último debo decir que no me gusta la forma en que usualmente se escribe sobre este asunto. Entiendo que las pasiones pueden arrasar con el paisaje, y que a fuerza de arder reducen a cenizas cualquier relieve. De forma que se acaba teniendo frente a uno algo muy parecido a un esquema, donde sólo son visibles los más abruptos accidentes. En esta simplificación se olvida el rol que todos hemos jugado. Sí, incluso tú y yo. No podría hablar de Cuba sin maldecir a mis padres, a mis amigos, a mis colegas en las universidades y a todos. Tendría que que arrastrar a este discurso a aquellas personas que admiro y amo, por razón de la culpa que también tienen. Porque casi nadie (si acaso alguien) está libre de culpa y la vergüenza debería embargarnos a todos. Eso por supuesto, no detiene a otros. Habría que mencionar en este punto a la horda de oportunistas que eran felices ruedas dentadas en el mecanismo de moler almas y que sólo porque la suerte les fue contraria, o porque equivocaron la complicidad entre bandidos con el auténtico celo por los ideales, tuvieron que inmigrar y que ahora desde el exilio cambian de bandera y lanzan feroces diatribas. Eventualmente, después que esta pesadilla termine, los cubanos van a tener que sentarse a meditar (cosa que siempre se nos hace difícil) y reconocer en acto de profunda constricción el papel que jugaron durante los últimos 50 años de historia cubana. Al menos, si queremos reconciliarnos con nosotros mismos.

Es en este sentido que utilicé la palabra dignidad en el texto introductorio de este blog. No creo que las virtudes sean universales y absolutas (muy a pesar de mis queridos Sócrates y Platón). Lo que me parece digno a mí, en mi contexto y desde mi historia de vida, no tiene porque serlo para otros. Tampoco me elevo por encima de mis contemporáneos para juzgarlos por sus discursos o silencios. Sólo espero que se tenga conmigo la misma condescendencia…

…al menos intenté explicarme…

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