El Miki (o Miami kitsch)

Ya tenemos el MIMO, o Miami Modern, es la hora del MIKI, o Miami Kitsch. Un estilo del todo fundamentado en la psiquis de los depredadores que viven en esta ciudad, gente definitivamente miki. Antes de seguir con mis argumentos permítase decir que yo soy todo un kitschmen. Sí, me gustan las películas de zombis, sí, me gusta el rock pasado por agua del milenio, sí, me gusta Miley Cyrus (y aparentemente no me puedo librar de ella, porque esta en todas partes), sí, me gusta la sci-fy y bigbang theory, sí, me gusta el sexo entre tres… joder, dije eso en voz alta, sólo lo estaba pensando, sería bueno además incluir a la Miley…. De cualquier manera, soy un kitschmen, un hombre adicto al kitsch y a sus consecuencias, que tampoco son cataclísmicas por cierto.

Primero, es obvio que hay dos Miamis en Miami, la de los latinos y la de los gringos. Como, Platón, que decía que hay dos polis en la polis, la de los ricos y la de los pobres. Pues algo parecido pasa por acá dos milenios y medio después. Te encuentras con el Miami de South Beach y con el Miami de Hialeah. Y la distinción que hago es a todas luces bastante difusa, porque te encuentras un montón de latinos en la primera y algunos gringos, un tanto despistados supongo, en la segunda. Pero sigue siendo lo mismo, tienes de lado el turismo y del otro el gueto. Y ambas son kitsch por razones distintas.

De un lado tienes barrios turísticos, tan llenos de luces que arriesgan dejar catatónicos a sus visitantes, y uno puede entender por qué son kitsch. En definitivas el turista es por definición un tipo superficial. Si le vendes un pan como Sándwich Cubano, él lo disfruta y se va contento. No tiene sentido intentar explicarle que los ingredientes son imposibles de conseguir en Cuba. Que la carne de res está prohibida, y que matar una vaca te conduce a dos décadas de cárcel. La cultura latina, como la venden, es necesariamente una construcción que substituye la cultura misma por eso otro que es pura apariencia, que la convierte en una experiencia puntual y aceptable. A mí siempre me ha dado gracia que la imagen de Cuba es la de las mulatas y las maracas, repetida hasta el cansancio, al punto que nosotros mismo hemos llegado a creérnosla. Por otra parte siempre me ha intrigado la posibilidad de comercializar la cultura Azteca. ¿Cómo se podría vender eso de arrancar corazones? Siempre puedes encontrar a un par de excéntricos dispuestos a pagar por ver el espectáculo. Mierda, estoy seguro que puedes encontrar en Internet a algunos voluntarios para el sacrificio. De cualquier manera, la intensidad con que se vive la cultura, eso que constituye su núcleo, el hecho de que está ligada a tus emociones como una lapa, es imposible de transmitir a un simple turista. De forma que no hay más remedio que divertirlo con mulatas y maracas, para distraerlo del hecho de que nunca va a lograr nada en su vida.

Del otro lado, y discúlpenme si ofendo alguna sensibilidad a flor de piel, básicamente no me importa, pero sólo porque no es mi herida, así que la disculpa vale, tenemos a la tribu de los orcos. Gente que desgraciadamente tiene un nivel cultural más o menos bajo y que tratan de adornar con sus mejores luces, que son más bien cortas. En este contexto el kitsch no es una herramienta de mercadeo sino una vivencia espiritual. De escoger lado, creo que estaría junto a estos; afortunadamente nada me obliga. En este sentido, como cultura fuera de la cultura, lo que sea que eso signifique, esta forma de kitsch es aceptable, no en sus últimas consecuencias, o en sus extremos, pero sí en su ingenuidad primitiva. Que una muchacha crea que los dibujitos en las uñas son de buen gusto, es algo que se puede perdonar si vienen acompañados por un una linda sonrisa cuando te enseña esa cositas horribles, que hacen renacer en ti las ganas de ser un torturador medieval nada más que para poder arrancarlos con alicate de la piel.

Sólo por el placer de hacerlo, deberíamos re-evaluar el sentido de la distinción entre alta cultura y la baja cultura, o arte popular o como quieran llamarlo, para alguien que no recuerda el nombre de las  novias que ha tenido se comprenderá eso de las etiquetas es un problema; siguiendo el consejo de una película italiana le digo a mis amantes “tesoro” y punto. No es que todas hayan sido precisamente un tesoro, pues he aplicado ese término a cosas que uno no sabe bien si pican o muerden, pero la idea sigue siendo válida y evita confusiones triviales. Pero volviendo al inicio, deberíamos re-evaluar el sentido entre la alta cultura y el “tesoro”, como Sísifo, porque desgraciadamente de eso va el pensamiento, de arrastrar una roca 20 años para volver al inicio, y entonces de nuevo en el valle deberíamos preguntarnos: ¿qué es eso que llaman alta cultura? Yo obviamente no clasifico porque ni siquiera se usar el signo de interrogación al revés. No has pensado que en algún momento alguien se equivocó, y uso esto ¿ mal. Dime, todos los signos de puntuación son hacia abajo. Como . , ; : y de repente te encuentras con esto ¿ que simplemente esta al revés. Yo no sé, sólo lo menciono.

Quizás por eso me odian las bailarinas. Ellas se sienten las herederas culturales de Luis XIV, aunque no sepan encadenar dos oraciones. En otro orden de informaciones el sexo acrobático que proporcionan un par de piernas flexibles es poco menos que inigualable. Personalmente yo no siento conexión alguna con la cultura cortesana, y por supuesto, eso no debería ser ninguna sorpresa. Soy un hijo de mi época, con mal gusto y peor sabor (a menos que use xxxxxx, estoy buscando un sponsor que llene las x, a ver si este blog reporta algo). Pueden hacerme waterboarding con agua de rosas y te juro que me sería imposible notar la diferencia. No puedo menos que sonreír ante los intentos de resucitar las formas artísticas del siglo XVI en la contemporaneidad. Tienen sentido en la medida de que haya público dispuesto a pagar, casi siempre un público con dinero para hacerlo, pero, chicos, la televisión y youtube siempre van a tener la última palabra. Lamentable, no sé, realista apenas, como todo lo que escribo.

Y no es que no haya estado expuesto antes a la alta cultura. Es una decisión consciente: no me interesa. Uno de mis mejores amigos empeñó dos años, veinticuatro meses, 730 días, y no tengo idea de cuantas horas y minutos, escribiendo una misa. Eso era lo que él hacía. Tú llegabas a su casa con cervezas, y ánimo de fiesta, y él estaba escribiendo una misa. No había más nada que decir. Obviamente. Porque qué se le puede decir a un tipo que está escribiendo una misa en pleno siglo XXI? A menos que sea: “espero que esa misa sea por la salvación de mi alma”. Cuestión que deberá dilucidarse luego. No me hago muchas ilusiones, por cierto.

He decidido ser un kitschmen, no hay duda alguna, La distinción entre alta y baja cultura me es ajena, marciana, alien. Mi incapacidad para juzgar la alta cultura, solo es igualada por la frivolidad del especialista que la juzga. Cuando uno ve a un historiador del arte nacido y criado en Santo Suárez evaluar con toda seriedad la obra de da Vinci, uno tiene que cuestionarse si realmente toda la construcción del saber institucional no es más que una broma pesada. Como alguien que se baje los pantalones una fiesta. Been there, done that.

Pero divago inevitablemente. Sujetémonos al tema. No sé si debería confesar entre mis pecados que durante un tiempo fui seguidor de Theodor Adorno. Lo haría, sinceramente, pero como estoy seguro de que el cura no lo ha leído, no lo molesto con eso. Y realmente tengo otras cosas que decirle, de más peso, pero no con menos adorno; pues me encanta mortificarlo con los detalles, explicarle punto por punto las asociaciones mentales, los olores, la cadencia inaudible de mis pecados, y creo tengo algo en esto de buscar metáforas y símiles. A veces exagero un poco. Por eso he tenido como tres confesores distintos en los últimos 6 meses. En algún momento, me imagino, hablan con el decano y le dice: men, no puedo hacer esto, en serio, no puedo más… Con cara de derrota y todo. El último es un viejito sordo, que se pasa la mitad del tiempo dormido. Creo que encontraron la fórmula para neutralizarme: la iglesia es sabia, a su forma, y ha estado lidiando con tipos como yo desde hace dos milenios. Nada, conocen su negocio.

Hablando de los pecados de otra gente, Theodoro Adorno era un defensor de la alta cultura y del arte relacionado con la misma. Esa posición elitista marca buena parte del pensamiento sobre el arte y es reforzada por una pandilla de snobs que se pasean por las galerías pronunciando las essses. Hay detrás  de esto dos cosas, me parece, por un lado el deseo profundo de distinguirse, cosa que no es necesariamente mala, y por otro lado cierta intuición de vándalo redomado. Lo que mi juicio merece consideración es que el arte contemporáneo no es ya alta cultura, sino un saber de especialistas. Yo no sé cómo alguien se puede llamar a sí mismo culto si no sabe mandar un email, por mucho que sepa de ballet, porque definitivamente el concepto de “ser culto” ha cambiado, pero ni siquiera se trata de eso aquí, sino de que la alta cultura se ha convertido en un mundo especial, donde ya no es cultura siquiera sino ese saber universitario, en esa experiencia de librero o bibliotecario, esa suerte de vaguedad, de fantasma, carente de sangre, de palpitaciones, de vida en suma. Es como un paciente comatoso, que conserva la vida gracias a los tubos y aparatos que como una tela de araña se despliegan a su alrededor. Ok, quizás estoy exagerando. Pero creo que en parte me asiste la razón. El kitsch ha desbordado los frágiles diques de la alta cultura y ha inundado sus praderas. Las islas que quedan, antiguos montes de dignidad, no son más que tristes montículos donde pacen los taimados.

El problema es quizás que se juzga al kitsch por su parecido, superficial sin dudas, al arte de la gran cultura. Si un buen día los artistas o aquellos que se dicen artistas dijeran “está bien, esto no es arte y sabes qué? me da igual”, todo quedaría súbitamente resuelto. Pero el kitsch verdaderamente arrastra detrás de sí la cadena de su relación con el arte de la alta cultura. Por mi parte no me cuestiono si el cine (por citar un ejemplo) es o no arte; si Monsters University es una obra de arte válida o un producto kitsch; la pregunta misma me parece ridícula. Me gusta y me río como mi sobrino de 4 años con el film. Eso es suficiente, o debería serlo.

Pero los artistas necesitan crear alrededor de ellos toda la atmósfera del mundo del arte: dependen de ella para respirar (y, como quien no quiere las cosas, cobrar unos milloncitos aquí o allá). Es verdaderamente curioso que los mismos creadores del kitsch necesiten de toda la seriedad de la alta cultura. Quizás mientras más trivial es la obra, más inclinados se sienten a esta reverencia de ultratumba. En fondo todo esto es una impostura, y resulta realmente patético. Sería más honesto que dijeran en cambio “Mira, la verdad, yo nunca he sabido actuar, pero qué se le va a hacer si estoy riquísimo?” o riquísima según sea el caso. El hecho es que no importa que el cine sea arte o no. Es una legitimación innecesaria, porque el 90% de los espectadores siquiera saben lo que significa la palabra “arte”, y el otro 10% creen que saben, pero la verdad es que tampoco lo saben. Esto en mi opinión se puede decir con total seguridad, porque el concepto de arte se ha des-definido, de forma que nadie sabe que significa. De nuevo, hay gente que cree que sabe, pero en realidad… Esta línea de razonamientos es una de las causas por la cual mi aparición en coloquios y conferencias es usualmente acompañada por rechiflas. A lo que se le suma mi mal gusto para la ropa: insisto en vestirme como un hijo de la generación Grunge aunque ya pase de 35 años.

Volvamos un momento al nivel más elemental de este análisis, si a estas páginas se les puede llamar así. Qué es lo primero que hace alguien cuando tiene dinero? Pues poner una cerca alrededor de la casa, porque no es ningún secreto que los demás son el infierno. Esta cerca es como el muro del castillo. Luego, si sobró algo de plata, compran un perro bien agresivo, no importa que las probabilidades apunten a que va a comerse a sus propios hijos, y ahí tienes el cocodrilo que navega como una amenaza submarina por el foso. Esta idea de que las casas son como los castillos medievales, que las aspiraciones burguesas no van más allá de vivir como antes lo hacían los señores feudales o los nobles, es quizás la clave para entender imágenes como esta:
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Este señor obviamente cree que su jardín tiene algo del Versailles. Lo cierto es que no… ni un poquito.

Otro detalle es cómo lucen por dentro las casas, a saber, todas son exactamente iguales. El algoritmo general para decorar se reduce a poner algo bonito donde quiera que haya un hueco vacío. Hay un espacio abierto en la repisa, y el ama de casa, con la mejor de las intenciones, pone un payasito. Da dos pasos atrás y todavía luce algo vació. Se acerca y pone el segundo, da dos pasos… y así hasta que el espacio esté ocupado por completo. No importa que éste adorno no peque con el que tiene justo al lado, y que tres figuritas de payasitos no sean mejor que dos, o que ninguna si me preguntan a mí. Es importante entender que entre los cubanos este método, junto a la sagrada distribución de un sofá y dos butacones en la sala, no importa que tan chiquita sea la habitación, es como la solución universal para el problema y se aplica a paredes, repisas, libreros, pianos (cuando los hay), o a cualquier otra superficie susceptible de ser adornada por algún medio. Porque el proletariado sabe triunfar! Tomar el poder! Pero definitivamente no sabe decorar interiores. Quizás porque al inicio de la revolución mataron o hicieron emigrar a los gays, que son los que tienen buen gusto después de todo. En realidad, hay algo más en este tema, pero en este rant no voy a ir allí.

Salgamos del espacio íntimo al público ahora. El arte de Miami es tan kitsch como se merece la ciudad. Pues es esta es una ciudad muy nueva. Terriblemente nueva. No es como Centro Habana, donde se respira el aire de las excavaciones arqueológicas, además del polvo de los derrumbes. Porque realmente a estas alturas el Coliseo Romano se vería mejor en la calle 26 que la Ciudad Deportiva, y tengo mis dudas respecto a si sus visitantes siquiera notarían la diferencia. La apresurada construcción de los edificios y barrios ha arrojado algo sin mucha gracia, por lo general, desprovisto de gusto. Salvo excepciones aquí o allá, el apuro y la presión del tiempo se dejan ver en la decoración, el adorno, incluso en la concepción misma del espacio.

Por alguna razón que escapa a mi entendimiento a esta gente le encantan los pájaros (voy a dejar fuera los gallos de la calle ocho porque no sé bien cuál es su historia), y uno encuentra cosas como estas todo el tiempo:

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Que yo espero sea el producto de una pandilla de niños que se tomó en serio la tarea de decorar la estatua con sus manos, y que la comunidad luego decidió plantar esta cosa horrible, que desfigura totalmente la arquitectura de la Iglesia, como suerte de elogio al espíritu de los niños. De otra forma, este pato Donald travesti es una de las peores ideas del mundo.

Excepción hecha de este segundo pavorreal:
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Aquí el artista se pasó de surrealista. En serio: tienes el cielo en la cola del ave, dentro el cielo hay un caracol y dentro del caracol algo que sólo puede ser interpretado como una vagina. Por Dios! Qué alguien me explique esto?!!

Andando por la misma calle esta imagen salta a la vista:
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Y uno se ve ante la disyuntiva de darle con la verga en la cara o recomendarle un buen psicólogo. – Para los intelectuales, y porque me queda claro que la referencia es oscura, estoy haciendo alusión a una frase de Lezama: la mordida de un tigre sin dientes. Cito de memoria porque dejé mis libros en Cuba; y ahora que lo pienso no voy a leerme los poemas de Lezama de nuevo ni aunque en ello me vaya la vida. – Porque no se supone que los tigres sean así. Si de repente los científicos descubren que los tigres son así, en el fondo de sus corazoncitos, los monjes de templo Shaolin se van a sentir muy avergonzados de haber creado todo un estilo de kung fu llamado tigre.

No lejos están estas dos, a falta de mejor palabra, cosas:
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La primera es obviamente alguna aberración de corte turístico. Yo preferiría ser informado por un leproso con SIDA que acercarme a las ventanillas de esa caseta. Pero la segunda es aún peor, porque vagamente, de alguna forma sutil, parece emplazada como arte. No me sorprendería enterarme que esta es una obra comisionada por la ciudad. Y que detrás de este parquímetro se esconde la mano de algún escultor que mira realizado su pieza.

Y cómo olvidar las carrozas? Conozco cubanos que reciben ayuda del gobierno pero tienen en el garaje tres SUVs. Cosas como ésta:

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Deberían estar prohibidas por el bien de la comunidad. Pero las muchachitas contratan estos monstruos para celebrar su fiesta de graduación de college y se pasean por la playa aunque la familia tenga me meterse luego un mes a pan y agua.

Mi querido lector, todas estas fotos fueron tomadas en un radio de 6 cuadras a la redonda. Esa es la distancia que se cubre caminando en un par de horas o algo así (aunque, para ser honesto, no tomé todas las fotos el mismo día).

Pero, para ir cerrando, la cuestión es que a pesar de toda esto, a mí me gusta Miami. Aunque algunos cubanos la detesten. Es pasto y sol para los psicoanalistas entender porque los cubanos detestan su propia creación, o al menos, una creación en la que han tenido buena parte. Por mi parte creo que la clave para entender a los cubanos es que, para ellos, la felicidad siempre está en otra parte. A través del mar, en el lejano norte, o en Alaska (a donde nadie quiere ir por cierto, lo único que falta es que los alcaldes digan “A todo el que venga a trabajar le vamos a regalar un pony”; por cuenta de mi hermana menor y su obsesión con el jodido muñequito de los ponis, yo quizás aceptaría la propuesta). De todas partes el cubano se va disgustado, en ningún lugar está contento. Quizás sólo en Cuba, donde no puede vivir. Da lo mismo; es tema para otro rant. De nuevo, la tendencia del cubano a la reverencia a la formalidad vacía lo hace víctima inmediata del kitsch, sino del ridículo. Ahora que lo pienso, quizás porque siempre teme hacer el ridículo, es el cubano tan dado a esa suerte de remiendo que hace de la formalidad, donde la apariencia se vuelve la norma y regla por la cual se mide el carácter.

Miami es kitsch, pero yo soy un kitschman: resueno como una campana con cada latido de su corazón.   Y si eso no te pareció kitsch quizás no entendiste de lo que estaba hablando 🙂

***

Abajo los dejo con un artículo que escribí en mis días de estudiante, cuando todavía intentaba entender la filosofía… luego me di por vencido. Lo subo acá sin ningún tipo de ego, y sólo por si alguno de mis casuales lectores quiere revisar un resumen de lo que significa el concepto kitsch, tal y como pude entenderlo a través de las limitadas fuentes a las que tenía acceso:

I – Introducción.

La palabra kitsch es usada muy a menudo, tanto por especialistas como por aficionados al arte. Pero hasta ahora yo no tenía más que una vaga de idea de lo que ésta  significaba. Por eso decidí que mi trabajo final de la asignatura Estética estaría dedicado al estudio de este tema.

El mal gusto es una de las cosas más comunes entre los hombres. Se necesitan años de aprendizaje y observación para que adquirir un gusto bien formado. La sociedad en que se desenvuelven nuestras vidas no propicia, al menos no de manera efectiva, la formación de un gusto artístico sano. Nos vemos toda nuestra existencia bombardeados por películas baratas y triviales, que minan nuestra capacidad de apreciación. Basta dar una pequeña ojeada al catálogo de títulos de cualquier banco de cine, para descubrir que el mal gusto reina en ellos dictatorialmente. Pero la arquitectura no se queda atrás en el empeño de hacernos ignorantes de los patrones estéticos que rigen el buen gusto. Los edificios de microbrigadas, los barrios como Alamar y San Agustín (por no hablar de las “fabelas” de Romerrillo) que son uniformes y aburridos como el desierto, nos hacen pensar que la arquitectura nunca ha existido. La decoración interior de nuestros hogares exhiben las más absurdas combinaciones de muebles y adornos. Las casas más acogedoras son, por lo general, aquellas donde prima el estilo burgués de decoración, porque no hay otra opción válida. Estas decoraciones, hechas las más de las veces con el esfuerzo sincero de embellecer la vida, se deben precisamente a la falta de modelos mejores y de orientación, así como a las deficiencias de un mercado totalmente trivializado.

En este contexto es necesario tener ciertas ideas claras, para evitar la contaminación de ser posible. O, al menos, lidiar con el entorno con una conciencia  estética clara; que nos permita disfrutar de lo que es sólo entretenimiento, y de las obras de arte también. Pues, en mi opinión, de poco vale la vida sin el goce estético. Y éste está siempre asociado al conocimiento del arte. Sin los conocimiento mínimos para apreciar una obra de arte, para entender su grandeza, no es posible descifrarla; así como sin saber astrología el cielo es un caos de estrellas. El kitsch asoma en todas partes, se hace  necesario poder identificarlo, saber sus puntos fuertes y flacos, para apreciar efectivamente el arte que nos rodea.

II – Surgimiento del kitsch y definición

El surgimiento del kitsch está asociado al desarrollo del capitalismo. Se puede hablar de kitsch en algunas obras artísticas de la Antigüedad, pero no de forma sistemática. Para las etapas históricas anteriores vale más hablar de “pre-kitsch”   o “proto-kitsch”, y dejar la palabra kitsch para las obras artísticas que son creadas en el capitalismo y tienen ciertas características. Aunque parece imposible determinar con exactitud el momento de su surgimiento, como sucede tan a menudo con los procesos y objetos históricos, el autor Ivan Slavov afirma que el kitsch se convierte en una realidad indiscutible a principios de del siglo XIX. En épocas anteriores el kitsch no compite con el arte o la cultura oficial, ni amenaza al folklore y, mucho menos, es una rama especializada de la producción. El kitsch tiene origen burgués, y sus manifestaciones esporádicas en la Edad Media y la Antigüedad no hacen sino ratificar esto.

Con el capitalismo los reyes ceden su trono a un poderoso señor: el mercado. Bajo esta nueva monarquía todo lo que fuese comercializable, incluyendo el arte, se vuelve motivo de lucro.  Si en el Renacimiento los mecenas alimentaban al artista, ahora el comerciante ocupa su lugar. El arte no es por sí una función productiva; el artista necesita que la sociedad lo mantenga con vida y, para decirlo brevemente, le proporcione todo lo que necesita. Jean-Paul Sartre, escribe al respecto: “El escritor consume y no produce, aunque halla decidido poner su pluma al servicio de la comunidad. En el fondo, no se paga al escritor: se le alimenta, bien o mal, según las épocas”. Esta difusión del arte a través del mercado no ocurre sin dejar su toque de trivialidad. El arte debe, en efecto, acomodarse al gusto (o al mal gusto) de los consumidores. La vos del mercado se insinúa imponiendo sus reglas: tú no vendes lo que quieras, sino aquello que el mercado pide. Así es, y el arte debe ceder; lo que significa que debe atender no sólo a la estética, sino también al gusto de las masas. Es este un buen momento para citar a Hegel, pues su genio le permitió ser profeta: “Y el efecto es, en general, la orientación predominante hacia el público, de manera que lo representado ya no se concibe tranquilamente para sí, para auto-complacer de forma alegre, sino que se dirige hacia el exterior como para atraer al espectador hacia sí mismo”.

El mercado cambia el estatus del artista e influye en sus obras. En las épocas anteriores el artista, por falta de habilidad o talento, podía hacer una obra mala; en el capitalismo ocurre que el artista deliberadamente busca hacer obras que están por debajo de las exigencias artísticas. Es un hecho obvio que no toda la población tiene un alto gusto estético; la falta de educación estética es casi una constante en las masas. El arte para ser aceptado por éstas debe olvidar a medias el verdadero gusto estético y darles algo que se ajuste a su forma de pensar (para que lo consuman, está claro).

El kitsch tiene una fuerza de atracción increíble. Ha penetrado en toda la cultura, en todas las manifestaciones del arte.  ¿Cuál es su secreto? Ivan Slavov nos responde: “En la habilidad de aplacar los deseos, alimentados por la vida, reforzados por el arte y que siempre quedan insatisfechos”. El sabor dulzón de las obras kitsch, que nos presenta un mundo donde las esperanzas son cumplidas, donde los “happy-end” abundan, es la carta que juegan películas, libros y cuadros. Pero ésta no es la única carta de triunfo del kitsch, éste no es el único motivo que le permite triunfar. Otra de las claves de su éxito es que ofrece seguridad y quita sensibilidad estética; eleva las ilusiones a nivel de principios y desvaloriza los principios a nivel de ilusiones.

La máquina, otra hija del capitalismo y del siglo XIX, le ha prestado al kitsch grandes servicios. Para la reproducción de las obras las capacidades  del artesano y la manufactura son limitadas. La máquina, en cambio, tiene una capacidad casi ilimitada para reproducir. A partir del momento en que la máquina interviene casi toda obra artística es susceptible de reproducción, copia, imitación y multiplicación. Con la ayuda del ingenio mecánico se puede inundar el mercado, en vez de con originales, con copias y duplicados. Pero en el proceso de reproducción la obra pierde gran parte de su originalidad (toda muchas veces),  y de sus propias características. Con la asistencia de las máquinas las obras se reducen para que quepan cómodamente en una cómoda (valga la redundancia), o descansen sobre el piano; si se quieren grandes, pues no tiene Ud. porque desanimarse, también se puede arreglar si paga. Con estos procesos se pierde y deforma el original, violentando la medida que el autor quiso darle. De esta forma la obra es sometida a una doble adaptación: técnica, pues debe adaptarse a las características de la tecnología y la reproducción en serie; y sociológica, debe adaptarse a los requerimientos del consumidor.

La máquina, como se ve, no sólo revoluciona la producción, sino también cambia el mundo del arte. Pero, al igual que en la revolución productiva no es la máquina la culpable de la explotación, sino el modo capitalista de usarla; en el arte no es ella la culpable del kitsch, sino la forma en que se emplea. La máquina facilita la propagación del kitsch, pero, siendo indiferente por naturaleza al modo en que la usan, no es la culpable del kitsch.

Me parece que van ya demasiadas páginas escribiendo sobre el kitsch sin haber dado aún una definición. Me temo que el lector podría tener una lógica curiosidad por el significado preciso del término; eso cuando menos, pues cuando se habla sin que el significado de las voces quede claro puede surgir la confusión, y existe el riesgo de que el lector se desoriente. A ese tema voy a dedicar el párrafo que sigue.

La definición del kitsch que entrega al final de su libro y de su larga investigación Ivan Slavov es la siguiente: “El kitsch es un fenómeno pseudoartístico de origen burgués que procura la conformación de la conciencia mediante clichés estéticos-emocionales e ideológicos, percibidos como un complemento <<natural>> una justificación y un embellecimiento del modo de vida.” En otro libro he encontrado otra definición para la obra de arte kitsch que se podría exponer de forma breve así: el kitsch es el predominio, en una obra de arte, de la apariencia sobre la esencia. Entre estas dos definiciones se puede entender lo que significa la palabra kitsch y que fenómeno designa. Espero que la curiosidad del lector sobre el término quede con esto saciada, y que en lo adelante mi discurso pueda entenderse con claridad.

III – Métodos.

Los métodos más importantes de que se vale el kitsch son: la reducción cualitativa; la miniaturización y el agigantamiento; la reacentuación especulativa y el desdistanciamiento. El kitsch se nutre también de los métodos artísticos, pero en manos de un kitschman estos métodos crean valores falsos. Un ejemplo de esto es la miniaturización, que es un método artístico legítimo, y de la cual el kitsch se vale para hacer obras de poco valor.

Pero antes de abordar los métodos del kitsch fijemos nuestra atención en otra de sus regularidades. La imitación es una de las debilidades del kitsch. “El kitsch es un sistema universal de imitación”. Pero ninguna imitación es perfecta, para serlo debería sobrepasar a la obra original. Es, de hecho, imposible que la imitación supere al original, porque la obra artística no es sólo un grupo de técnicas y pasos, sino un proceso mucho más dinámico (la obra de arte no es una receta de cocina). La imitación, aunque se asemeje mucho al original, siempre carecerá del toque del creador: “inherente al genio y al talento e inaccesible al imitador”. El kitsch está condenado a la imitación, porque carece de raíces y métodos propios. Esta carencia lo obliga a usurpar y explotar lo ajeno.

El kitsch extrae del sistema artístico las estructuras artístico-formales como esquemas endurecidos, las saca de su contexto y las considera desde el punto de vista abstracto como símbolos de lo eterno y lo universal. Estos valores son extraídos de forma especulativa, no se respeta la vida y la dinámica de estos valores y se reducen, por decirlo de alguna forma, a los huesos. Así ocurre con sentimientos como el amor, por ejemplo, que se transforma en esa emoción ficticia que abunda en las obras de arte kitsch. El amor se transforma en una dulzona pasión totalmente ajena a la verdadera naturaleza de las emociones humanas, o en una incontrolable atracción física hacia el cuerpo del amado.

Con la imitación no sólo crea obras de arte sino también un mundo ilusorio. El kitsch crea una nueva realidad, una ilusión de fórmulas estereotipadas, de embellecimientos banales.  Una realidad ilusoria que tiene como objetivo trasmitir la idea de la estabilidad del mundo. En medio de la vida real, donde todo cambia y se destruye, el kitsch lanza incontables “happy-end”, símbolos, imágenes y emblemas.  Con el falseamiento de los valores extraídos del arte el kitsch convence a su público de que la ilusión, tan bella y carismática, es más real que la propia realidad. Esto bastaría para establecer que la obra de arte kitsch carece de contenido, o que éste carece de sentido, pues se falsea el propio mundo. En este sentido se puede decir que el kitsch crea una nueva forma de mito. Pero a diferencia del descrito por Aristóteles, es un mito que encierra una falsedad.

Ni siquiera el folklore está a salvo del kitsch; aunque valdría más decir que, en realidad, es una víctima fácil del kitsch. Aunque según algunos estudiosos el folklore está perdiendo vida, y se reduce progresivamente a un objeto de estudio y de profesión, es una expresión del genio popular y posee maravillosas creaciones. Ninguna ley lo protege contra los imitadores y en esto consiste su debilidad. Ahora bien, el kitsch carece de la capacidad para alcanzar la integridad artística y no puede competir con el genio original del folklore. El folklore encarna el espíritu de cierto modo de vida; sus creaciones tiene un espíritu que el kitschman no puede atrapar. Por mucho que se esfuerce en reproducirlo usando sus imágenes y ritmos, la obra resultará trivial y falsa, pues falta aquel espíritu que sólo podría tener en la fragua original de cierto modo de vida. Constantemente vemos grupos de folklore que imitan los ritmos y melodías de canciones originales. Las letras se vuelven simples repeticiones de fórmulas gastadas (y que a pesar de todo no aburren, por increíble que pueda parecer). Se desvirtúa y comercializa la imagen de los creadores, las costumbres del pueblo se vuelven poses.

Abordemos ahora el método denominado reducción cualitativa. El kitsch reduce las diferencias entre los objetos de arte, sus niveles estéticos y sus significados emocionales. Esta reducción se debe a que todo objeto pasa a ser equivalente a determinado precio. El kitsch adapta sus obras al consumidor y este a su vez se adapta a sus falsas obras de arte. Debido a esta falsedad y a la reducción que sufren las obras de arte, dejan de trasmitir sus verdaderos valores. La obra de arte se convierte en un adorno, que expresa poder o cierto nivel cultural. Al comprador se le ofrece un sucedáneo de todas las emociones: la posesión. En el momento en que se mide la obra, no por su valor estético, sino por su valor monetario, se falsea el sentido de la misma hasta dejarla muda,  incapaz de trasmitir sus valores estéticos. A partir de ese momento nada impide compararla con los objetos utilitarios más vulgares: esta reproducción de un cuadro de Rubens es equivalente a una batidora, por ejemplo. La reducción cualitativa le permite alcanzar al kitsch su culminación lógica. Desde el momento en que lo humano se coloca bajo el denominador común de lo material, y todo se subordina a la substitución recíproca, la diferencia entre lo humano y lo antihumano desaparece. Se produce una deshumanización del arte y su sistema ético. Esta substitución recíproca le permite a Ivan Slavov decir que el kitsch “es un sistema de substitución recíproca que reduce las diferencias entre los objetos de arte, sus niveles estéticos y los significados emocionales”.

La reducción cualitativa se expresa en el cambio de proporciones (como se verá cuando se toque el tema de la miniaturización y el agigantamiento) y en el cambio de materiales. Se sustituyen los materiales del original arbitrariamente. Con la reproducción incesante el original se pierde, las copias se alejan progresivamente de él. Esto puede suceder de manera involuntaria, en el proceso de reproducciones y copias, ya no de los originales sino de otras copias, pero puede ser producto de actos conscientes. El kitsch lleva sus pretensiones hasta  el punto de “corregir” al original. Subraya detalles, refuerza la expresión, hasta que en la copia no queda ni trazo de la inspiración que llevó al artista a crear la obra original. Los fraudes típicos de la reducción cualitativa son, entonces, los siguientes: la extracción de moldes a partir de otros moldes; el cambio pernicioso de las dimensiones y otros elementos; y la reproducción de la obra en otro material.

Otra manifestación de la reducción cualitativa es cuando determinado estilo de unidad homogénea se estiliza hasta el punto que pierde relación con la realidad que le dio origen, y pasa así a constituir otra imaginaria con el fin de engañar los sentimientos. Esto sucedió, según algunos investigadores, con el Romanticismo. Kitsch mediante, el Romanticismo se redujo a un conjunto de frases huecas y de poses que no son sino una mala imitación de aquel movimiento artístico. Este proceso se dio principalmente en la literatura. El saqueo llegó a tales extremos, que hay quienes llegan a afirmar que el kitsch surgió del Romanticismo.

El agigantamiento es uno de los métodos usados por el kitsch. Las enormes masas, los edificios o construcciones inmensas crean el efecto de respeto y asombro. Entre una catedral gótica, por ejemplo, el alma medieval se sentía sobrecogida por el poder de Dios. Pero el agigantamiento kitsch, aunque pretende lograr la grandeza, solo logra un conjunto “terrible, pero sin grandeza” (usando palabras de Lorca ante el espectáculo de Wall Street). El kitsch amontona toneladas sobre toneladas de piedra tratando de impresionar con la masa, con la cantidad. En cambio, el contenido queda muy a la zaga en los costosos proyectos, pues se sustituye con la formalización y absolutización de los rasgos exteriores. El kitsch se descubre en el “sentido hipertrofiado de la monumentalidad, que emplea los rasgos formales y arquitectónico- escultóricos del estilo para llevar a cabo su imitación”. Una vez más se puede afirmar que el kitsch extrae del arte una de sus peculiaridades, léase la grandiosidad, e intenta convertirla en un efecto independiente. Como ya se explicó antes se extrae especulativamente un elemento formal y se trata de darle vida fuera de contexto.

El autor Ivan Slavov analiza los ejemplos de kitsch que se presenta en la Alemania de Hitler y en los EE.UU. Llega a la conclusión de que en el primer caso, el espíritu nacional se inflama, una especie de megalomanía patriótica, y busca una expresión material para esta ilusión. En el casa de los EE.UU. se trata de un gran poder económico pero sin espiritualidad, que trata de imitar a dicha espiritualidad por medio de atributos externos. Pero en la crítica a los rascacielos de la nación norteamericana creo que va muy lejos. En los libros de historia del arte, el Pijoan, por ejemplo, estos rascacielos aparecen como arte legítimo.

El reverso de la medalla es la miniaturización. Este método forma parte del arsenal del arte y dentro de este, usado de modo legítimo, no provoca reservas. Muchas son las miniaturas que con todo derecho entran dentro del universo del arte y,  por supuesto, que sólo desde un punto de vista estrecho, y errado además, se podría decir de éstas que son kitsch. La miniaturización se vuelve inmediatamente kitsch cuando reproduce una obra original cambiando sus dimensiones, adaptándola a fines para los cuales no fue pensada, y con ello la hace perder fuerza, vigor, expresividad, etc.  El móvil de la miniaturización kitsch hay que buscarlo en la forma de vida burguesa. El burgués busca el confort hogareño, la estabilidad y se encierra en su casa como en su fortaleza. El objeto de la miniaturización es adaptar la obra de arte al la intimidad del hogar.

Otra variante de la miniaturización que también es kitsch, es la que surge de la unión de un sentimiento pequeño o nulo, con la pretensión y la escrupulosidad. En esta variante la técnica participa como sucedáneo de la idea, el contenido y el sentido espiritual. El objetivo de la creación es asombrar con la infinita paciencia (no se trata de una metáfora), la destreza y la abnegación; y sólo a través de ellas con lo que se representa.

La reacentuación especulativa es la violación de la integridad de la composición. Al principio de este capítulo se toco el tema en relación con la imitación, ahora profundizaremos en este método. Se extraen algunos elementos y se explotan de manera unilateral para obtener el efecto de entretenimiento. El efecto se extrae de la obra artística y empieza a vivir como un factor estético independiente. Muchas veces el entretenimiento esconde el hecho de que la obra carece de contenido. No se trata aquí de contraponer el entretenimiento al contenido, pues lo entretenido no es malo de por sí, sino de no excluir el contenido y sustituirlo por el entretenimiento.  El entretenimiento tampoco es un rasgo o método seguro para alcanzar la belleza, pues la belleza no está ligada necesariamente al entretenimiento. Por lo general una obra entretenida sólo sirve para una vez, una  obra bella, en cambio, puede ser vista o leída muchas veces. Y siempre gana con las nuevas lecturas. La belleza en el kitsch también es explotada pero con las limitaciones de verla sólo como un efecto autónomo. La belleza de la obra es el resultado de la influencia integral de la  misma. El método que analizo no sólo permite reducir la obra de arte maestra a la intriga o a los detalles entretenidos, sino a las ideas y criterios del hombre masa.

Del kitsch en general y de la confección artística se pueden decir un par de cosas más. El kitsch mediatiza el gusto: entorpece los gustos normales y “perfecciona” los mediocres. La confección artística no cultiva al consumidor, pero le da, no obstante, y por su sola cualidad de consumidor, la seguridad y la altura de un árbitro estético. Confunde los derechos de los consumidores con los de los artistas y los conocedores. Varios son los métodos que usa para ello, Ivan Slavov toca tres de ellos; que van a ser tratados por mí en el mismo orden: reacentuación especulativa, desdistanciamiento y familiarización.

El desdistanciamiento y la familiarización tienen gran parecido. Se puede decir que la diferencia es sólo de grado. El desdistanciamiento ocurre cuando se viola la necesaria distancia entre la obra de arte y el espectador. Hay tres grados de accesibilidad: para el folklore está el grado espontáneo, para los géneros de entretenimiento el adaptativo,  y para el  gran arte el selectivo. El kitsch abusa del grado denominado adaptativo, hace de él un obsesión que afecta a todo tipo de obras, incluyendo al gran arte. En esto consiste el desdistanciamiento. La familiarización queda en claro con la siguiente oración: “Cuando el desdistanciamiento trasgrede todas las convenciones o exigencias del arte y en nombre del gusto medio hace desaparecer definitivamente las últimas huellas de tensión entre la obra y su receptor, degenera entonces en familiarización (profanación)”. Tomar conciencia de la diferencia que existe entre cercanía o afinidad con determinada obra, y la familiaridad es necesario para evitar el kitsch. De la primera manera el yo se eleva hasta la obra y se funde con sus sentido estético, la familiarización sólo logra traer la obra a las limitaciones del yo.

IV – Fisonomía.

Una vez descubiertos los métodos de que se vale es kitsch,  Iván Slavov se esfuerza en sintetizar sus rasgos exteriores. Uno de los rasgos, quizás al más evidente, se relaciona con la belleza; que el kitsch reduce a lo bonito. “La belleza es el punto culminante de las ideas humanas sobre la perfección, modelo y criterio de todo lo realizable a través del trabajo o lo creado por la naturaleza”. Pero en las obras de arte la belleza no es el objeto, o mejor, la meta que el artista de traza concientemente. Por lo general, el artista tiene otras ideas sobre su trabajo, aunque busque la belleza no es este el móvil dominante. Ciertamente, el resultado de una obra, o de todas las grandes obras, es la belleza, pero el artista llega a ella tratando de expresar algo más profundo. El kitschman, en cambio, sí tiene por objetivo preconcebido la belleza. Mientras el artista verdadero trata de hacer un buen trabajo, el kitschman se esfuerza por hacer un trabajo agradable. Empieza por el final. Debido a su falta de ideas lo único que le queda es, precisamente, la belleza.

Este error, que en el verbo coloquial sonaría como: “Poner la carreta antes que los bueyes”,  destruye  la belleza misma. En las obras de arte “serias” la belleza final no emana de ninguna de las partes, sino del todo. La belleza no radica en ninguno de sus efectos por separado, sino en el contrate y armonía entre ellos. Para el kitschman cada uno de esos efectos provoca la belleza de manera mecánica. Por eso extrae los efectos de la obra, los intensifica, pero fuera del conjunto el efecto aislado no resulta más que falsedad. La belleza queda así convertida en lo bonito. Algunas de las características de lo bonito son el aspecto dulzón, la trivialidad, el resplandor, el exceso de ornamentación y decoración, etc. En el caso de la literatura, por ejemplo, esta búsqueda de lo bonito se ve en el lenguaje del kitschman: lleno de palabras sonoras, de frases estereotipadas, un conjunto de palabras “bonitas” (Vivaldi escribe sobre esto que no existen las palabras bonitas), cada frase y casi cada palabra está impregnada de adjetivos, metáforas; en fin, un conjunto de elementos sonoros y embriagadores, pero hueco y que, como el dulce, repugna tarde o temprano.

La “bonitura” del kitsch debe impresionar a primera vista, atrapar o hipnotizar al ojo no diestro, pues es una de las pocas armas con que cuenta. El arte posee otros matices. El arte tiene en sus manos las posibilidades de  expresar la profundidad y complejidad del mundo.  Esto nos lleva al problema de la trivialidad de las emociones en el kitsch. El kitsch no puede penetrar en los abismos de la psicología humana, debido a esta limitación se ve obligado a expresar la apariencia de la verdadera atmósfera psicológica con emociones artificiales y vacías.

Otro de los rasgos típicos del kitsch es el eclecticismo. El kitsch carece de fuerza creativa y por ello imita, pero no se limita a imitar un sólo estilo, sino que ofrece obras que son collage de elementos de diferentes estilos. El eclecticismo kitsch se descubre en la combinación mecánica de elementos, que quiere hacer pasar por verdadero arte.

Todo eclecticismo no es kitsch, una cosa no es equivalente a la otra. Con anterioridad he escrito que el kitsch atrapa especulativamente efectos o estructuras formales de la obra de arte y las usa fuera de contexto. Esto se denomina reacentuación especulativa. Cuando el kitsch triunfa por completo en una obra, estos efectos terminan por vaciarla  de contenido, tratando de sustituirlo por la trivialidad de los efectos. Ahora bien, el eclecticismo es necesario como paso para la síntesis artística y la creación de nuevos estilos. El artista debe asimilar los elementos de la tradición y realizar una síntesis creativa que supera las corrientes anteriores. Pero es fácil adivinar que estos elementos que asimila deben ser desarrollados, enriquecidos y perfeccionados. El eclecticismo está entre la asimilación y la síntesis artística. El eclecticismo se vuelve kitsch cuando demuestra impotencia creadora. O sea, cuando se limita a tomar elementos de la tradición, de diferentes estilos u obras, sin poderlos desarrollar ni llegar nunca a una síntesis creadora. Ivan Slavov lo dice brevemente: “el kitsch es una asimilación parasitaria y una síntesis no creativa del arte”
.
Llegamos a la acumulación, otros de los rasgos distintivos del kitsch. Una de las virtudes fundamentales del gran arte es la medida. Los efectos funcionan a través del todo, sin permitir que ninguno de ellos se vuelva independiente. Dice Iván Slavov: “La medida en el arte es la exigencia de una perfecta sencillez”. Creo que no ha oído hablar del Barroco, o incluso del Romanticismo; en todo caso, no explica como se aplica esta máxima a estos estilos. Tomemos lo que la frase tiene de positivo, esto es, que nos permite mirar la acumulación en tremendo contraste de luz. Olvidemos nuestras objeciones pues no vienen al caso (se trata en este trabajo del kitsch y no de la medida en el arte).

“El antípoda de la sencillez en el arte es la acumulación”. Bien, la acumulación es lo contrario a la medida. Ahoga la imaginación con excesivos detalles, giros y ornamentos. Esta acumulación evita que la mente se fije en la idea principal o “en el centro espiritual de la obra”. La acumulación busca ocultar la trivialidad de la idea con los ornamentos. El resultado es un laberinto de detalles, pomposos ornamentos y retórica en el cual el poco contenido de la idea se pierde por completo.

La acumulación es el fruto de la imitación. Kant denominó simiesca a la imitación mediocre, y esta es la característica de la imitación kitsch. Esta imitación no tiene la capacidad de captar los matices, y como carece de inspiración para producir algo con el encanto del prototipo, se refugia en la acumulación para alcanzar la fuerza del original. Es típico en esto el abuso de los detalles y su inflación a nivel de efecto independiente, en vez de subordinarlos al todo.

El último aspecto es la falta de funcionalidad. Según Ivan Slavov la falta de funcionalidad resume todos los métodos y características del kitsch. En todo estilo, una vez que se agota, se descubre fácilmente el kitsch. Los adornos y detalles ornamentales obstruyen el fin utilitario del objeto. Pero también antes que el estilo se agote existe de manera latente la falta de funcionalidad. El estilo, cuando surge, se propaga a diversos objetos para los cuales no siempre es funcional. El modelo se multiplica y se refuncionaliza, y se adapta a exigencias que le son colaterales, hasta que el modelo se “diluye”. El florecimiento de esta forma del kitsch (o sea, de la falta de funcionalidad) coincide con el establecimiento de la sociedad consumista. La sociedad consumista alienta al consumo desenfrenado y se lanzan al mercado objetos ridículos, que no tienen funcionalidad alguna, pero cautivan la imaginación del consumidor. Para vender los objetos normales, se le adicionan nuevas funcionen o detalles que los hacen no funcionales. Es conocido el caso de la moda aerodinámica. Comienza por aviones y carros, y hoy día tenemos hasta grabadoras y casetes aerodinámicos. Otra característica de la falta de funcionalidad es que los objetos no están hechos para durar. Esta es la llamada “ventaja incluida”. En el mercado se venden muchos objetos que se rompen rápido, incluso antes del plazo de garantía. De esta manera se puede vender el doble.

V – Conclusiones.

En mi trabajo he tratado de resumir las principales determinaciones del kitsch. Las conclusiones son estas mismas determinaciones expuestas de manera sucinta. En el segundo epígrafe se demuestra la relación que existe entre el kitsch y el capitalismo. El kitsch es un hijo legítimo de éste. Surge en el siglo XIX, y está íntimamente ligado a la comercialización de las obras de arte. El artista para obtener su sustento se ve obligado a vender sus obras. Para que los consumidores las acepten es necesario vulgarizarlas, adaptarlas a la mente, poco desarrollada estéticamente, de las masas.

El concepto de kitsch más sencillo es el siguiente: predominio de la apariencia sobre la esencia. Es cierto que este concepto no encierra toda la riqueza del fenómeno, pero atrapa un rasgo que es fundamental. El kitsch crea falsos valores, que se basan en la apariencia y no en la esencia. Carece de contenido y de profundidad en sus propuestas.

Los métodos más importantes que usa son: la imitación; la reducción cualitativa; la miniaturización y el agigantamiento; la reacentuación especulativa y el desdistanciamiento. La imitación es una necesidad del kitsch. Ante su falta de poder creativo precisa imitar elementos de otras obras u obras completas. Pero esta imitación es siempre defectuosa, carece de la inspiración del artista que creo el original. La reducción cualitativa es propia del kitsch y está muy ligada a la imitación. La obra de arte o un estilo, se vuelve falso pierde relación con la realidad o la inspiración que le dio origen. La originalidad se empieza a medir cuantitativamente, la obra deja de ser un esfuerzo único y se vuelve reproducible. Un punto de unión entre estos dos métodos es la extracción de ciertos elementos de las obras de arte, de ciertos efectos, que fuera del contexto se trata de darles vida independiente. La miniaturización y el agigantamiento se manifiestan en el cambio de las proporciones de una obra original. O en el abuso de un elemento de manera especulativa. En el primer caso se hacen miniaturas sin contenido, y tratan de impresionar por otras características extra-artísticas (como la paciencia, o la abnegación). En el segundo caso se trata de amontonar ingentes cantidades de materia para impresionar con las dimensiones. La reacentuación especulativa es el centro de todos estos métodos, es precisamente la extracción de un elemento del todo de la obra, y insuflarle vida de manera especulativa. Fuera de la obra ese elemento pierde su relación dialéctica con el resto del todo y se vuelve vacío. El desdistaciamiento es el método que provoca un acercamiento entre el arte y las masas, pero de manera viciada por la forma de este acercamiento, basado en el grado de accesibilidad adaptativo.

Las características exteriores más importantes son: la búsqueda de lo bonito, que sustituye a la belleza; el eclecticismo, la acumulación y la falta de funcionalidad. La búsqueda de lo bonito es la finalidad del kitsch, su razón de ser, su leit-motive. Es la meca que desea alcanzar todo kitschman: la meca. La búsqueda no sólo es de lo bonito como móvil fundamental de la existencia, sino también de lo excelso, lo sublime, lo original , lo exótico.  La acumulación no es más que la yuxtaposición de elementos ornamentales, calificativos embellecedores, bonituras que acompañan una idea que la mayoría de las veces nos sorprende por simple y banal. Cuando el  eclecticismo no forma parte de una cadena dialéctica, o sea, no es síntesis creadora, sino una acción mecánica de recortar y agrupar pedazos, preferiblemente de cosas bonitas, se convierte en eclecticismo kitsch. Por último falta hablar de la falta de funcionalidad. Puede ser consecuencia directa de la acumulación y del eclecticismo, cuando éstos llegan al extremo de afectar la función para que fue concebido determinado objeto. Se le puede encontrar también de forma aislada, en este caso su objetivo es la tendencia al confort, a la comodidad, la opulencia, la afectación, los caprichos decadentes. Se manifiesta en el injerto a la función que tenga el objeto, de ciertas seudo-funciones o semi-funciones, que ahogan el uso de dicho objeto y conforman un artefacto de fácil venta por sus orlas adicionales, pero absurdo no pocas veces.

VI – Bibliografía.

El Kitsch. Ivan Slavov.
¿Qué es literatura?. Jean Paul Sartre.
Curso de Redacción. Gonzalo Martín Vivaldi.
Olé Kitsch. Fermín Galán Valdés y Líber Arce Matos.

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