Fiesta

Era mi cumpleaños: nada nos impediría hacer una fiesta. Le pedí prestada la casa a mi tío, que después de comer y leerme la cartilla hizo mutis. Entonces llamé a mi gente.

En pocos minutos habían llegado los incondicionales. Rubén, con el equipo de música en el asiento trasero del auto. Armando y su nueva mujer: una india con sabor, dueña de unas nalgas como corazones. También vino Saúl, y en vez de estar acompañado por alguna muchacha, traía consigo a un desconocido.

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Una Cita

Sacó la caneca del escondite detrás la cama y se dio un trago. Le gustaba el alcohol. Puso la botella en el bolsillo trasero del pantalón, cogió a Iris de la mano y salieron de la casa.

Llovía impertinentemente desde las seis de la tarde. Tuvieron que abrazarse bajo el paraguas para quedar resguardados los dos. Andar así era más difícil, pero el juego los divertía. Ella llevaba un vestido escotado y, mientras caminaban juntos, él podía ver aquellos senos contundentes como mazazos. Todo el viaje, en el asiento trasero del TAXI, estuvo amasándolos mientras la besaba.  Casi lamentó llegar al Vedado, y se consoló empinando la caneca.

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TATÚ (un cuento que no tiene nada que ver con el grupo)

Quizás hallan oído hablar de Tatú. Por algún tiempo fue toda una celebridad, aunque ahora casi nadie lo recuerde. Y es que sin lugar a dudas era un tipo original. Un día se le ocurrió tatuarse el nombre de cada mujer con la que había hecho el amor. Alguien le celebró la idea y a él mismo le pareció muy buena; a partir de entonces se convirtió en costumbre.

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Podrido Rima con Jodido

La peste era intolerable. Un hedor a muerto que se introducía nariz arriba a punzonasos. Busqué en el cesto, pero sólo había papeles más bien inocentes; cuentos desechados, hojas de la escuela y cosas así. ¿Sería algo que traje en un zapato? Revisé las suelas. Nada. Haciendo de tripas corazón, traté de concentrarme en el olor. Quizá podría encontrar alguna pista. Fue una tarea sumamente desagradable, pero dio resultado. Era indiscutible que el olor pertenecía a la clase que emiten los cuerpos en descomposición; como carne podrida.

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Mi Gato está Poseído

Mi gato esta poseído. Me mira con ojos de diablo desde lo alto del refrigerador. Un odio nuclear infesta su alma. Sé que repasa terribles ideas, y planea nuestra muerte con paciencia de depredador.

Es una bestia fría y peluda. Y su actitud calculadora es el peor de los presagios. Por eso un escalofrío me recorre todo el cuerpo cuando lo siento llegar a casa. Y digo “lo siento” porque es imposible oírlo. Como todo el que trama una venganza, mi gato es extremadamente reservado. Si me lo encuentro en la calle, por casualidad, huye a la sombra de un salto. Nunca me invita a las orgías en que participa en las noches, y sólo puedo adivinar las degradaciones de que es capaz. Mis manos tiemblan como las de abuela cuando lo veo recorrer las estancias. Se mueve con la parsimonia que solo el poder brinda. Se pasea por mi cuarto como quien mide su feudo. Anda con ese aire de autosuficiencia militar, sabedor de que todo esto será suyo. En cierta forma ya lo es, porque su maldad es irrefrenable.

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El Tipo sin Huesos

¡Ah! Las delicias y ventajas de no tener huesos. Las discusiones acaban antes de empezar: los jefes y la policía siempre tienen la razón. Tómese una  guagua, por ejemplo: 40 grados centígrados, repleta de gente enojada, y aun así (cuando no se tiene ni una gota de calcio en todo el organismo) se está a gusto. La gorda de enfrente no es barricada, pues cualquier brecha es autopista. Los codazos y golpes no encuentran blanco. Y si se aburre uno de los roces, empujones y gritos coléricos, la solución es clara: chorrear hasta el suelo. Así, hecho una pasta viscosa, arrastrarse hasta la puerta entre pisotones y escupitajos. Para caer como vómito sobre el asfalto y seguir camino a pie.

Otnemem

– Estaban un hombre y una mujer sentados en la piscina del Hotel Riviera. Para impresionar a la chica, el hombre se trepa al ultimo piso del trampolín y salta. En el aire da tres vueltas y cae en perfecto clavado. ¡No levanta ni una gota de agua! El muchacho sale y se seca. Cuando acaba se sienta y le dice a la muchacha: “¿Viste ese salto? Yo era campeón olímpico de clavado”. La chica, para no ser menos, se tira a la piscina. Empieza a nadar a tremenda velocidad de punta a punta. Da una, cinco, diez… veinte vueltas sin parar. Cuando por fin sale, el chico le pregunta: “Pero bueno, ¿tú eras campeona olímpica también, no?” Ella sonríe y le contesta: “No, papi, yo era puta a domicilio en Venecia”.

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