El Hombre Invisible

Yo he re descubierto el secreto (perdido durante siglos) de la invisibilidad. No soy un médico de renombre; no soy un genio, ni un lunático en potencia; no soy, siquiera, un hombre especial. Soy, poco más o menos, como cualquier otra persona: pero me basta llegar a un centro comercial para que mi cuerpo se disuelva en el aire. Puedo mirar durante horas cualquier equipo de música, jugar con sus teclas y calibrar sus virtudes, sin que ningún dependiente note mi presencia. Todos saben, con solo mirarme, que en mi billetera sólo llevo mariposas disecadas. Camino como un fantasma por los corredores de las tiendas. Leo con paciencia las marcas y anuncios. Me pongo la ropa con toda naturalidad. Ningún probador se ha revelado nunca contra mi existencia. Me miro en el espejo: sí, me sientan las prendas caras. Discuto conmigo mismo sobre las ventajas o desventajas de tal producto, sin ser molestado, en lo absoluto, por los vendedores. A mi alrededor, el huracán de los consumidores desata su locura, y provoca estrés y rapiña y soledad… en otros; pues mi invisibilidad me protege de esos efectos. Cuántas veces he bendecido la habilidad de vagar por las bouttiques, sin ser objeto de miradas desdeñosas. Observo descaradamente a los agobiados y prósperos compradores, mientras ojean y examinan las alhajas. No puedo evitar sentir un poco de pena. Sus vidas me parecen un calvario de esfuerzos inútiles, para alcanzar la felicidad a través de la posesión.

A veces, en honor a la verdad, he sentido la tentación de abandonar el refugio de mi transparencia. Entonces me baño, visto a la moda y arreglo mis greñas con un peinado moderno. De inmediato, sin necesidad de salir a la calle, siento el asedio. Los gestos de dependencia, las sonrisas a plazos fijos, los ojos que tasan: la sutil pupila verde de la sociedad, que alguien dijera, el ojo de Dios. Entonces me desnudo y me acuesto avergonzado. A lo largo de los años, estas experiencias se han vuelto cada vez más inusuales. Los hombres con cuerpo han llegado a serme tan ajenos, que me pregunto cómo se podría vivir sino invisible. Lo único que lamento de este don, es no se pueda usar para espiar a bellas jóvenes en sus dormitorios.

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