El Rapero

Cuando doblé la esquina me vi cercado. No sé de dónde salieron los cuatro asaltantes, pero debieron seguirme, pues la trampa se cerró de manera muy estudiada para ser casual. Cuando me percaté del peligro, ya estaba encerrado en un anillo y no había nada que hacer.

– Vamo´ a ver, blanquito. Dame el dinero.

– ¡Oye qué…! – Dos bofetones me sentaron de nalgas.

– Mira lo que te digo, puta. –Dijo el mulato alzándome del suelo con facilidad- O me das el dinero o te mato aquí mismo. –   Nuestras caras quedaron a la distancia de un beso, y así de cerca lo reconocí sin problemas.

– ¿Tú no eres el cantante de Explosión Divina?

El mulato me soltó y dio un paso atrás asombrado.

– ¿Y tú oyes hip-hop, blanquito?

– Sí, me encanta. Y tu grupo es uno de los mejores en la escena cubana. – Dije muy inspirado.– Tienen un ritmo muy original y las letras están muy trabajadas. Su presentación es muy fuerte, vigorosa. Es como el título: una explosión. Además, todo el ambiente, la forma de hablarle al público, la vestimenta, los movimientos, recrean de maravilla… –Así seguí un buen rato. El miedo me había vuelto muy elocuente.

Los cuatro asaltantes me miraban desconcertados. Uno de ellos interrumpió mi parrafada:

– Ahora sí hay que matarlo. Puede reconocernos y echarnos pa´lante con la fiana.

– Pero no podemos matar a un fan. –Dijo el mulato.

– Eso sería falta de ética –defendí- Además, no voy a decir nada, se los juro.

– Tú te estás calladito desde ahora mismo, blanquito.

– ¿Y dónde quedó eso de :

“No seas asesino de tu amigo

al que es como tu hermano

No hieras por la espalda

al que te tiende la mano.”?

Fue como si les hubieran dado cuerda. Los cuatro asaltantes empezaron a cantar y moverse al ritmo de las frases. Era una coreografía muy practicada. Se cruzaban y se agachaban y se paraban de nuevo y seguían rapeando. Ponían caras de tipos duros. Una de las manos se cerraba sobre el micrófono imaginario y la otra cortaba el aire. Cuando acabaron su presentación en directo, el mulato dijo:

– ¡Ay! Hermano. – Poniéndome un brazo sobre los hombros. –Vete tranquilo, que tú eres de los míos. Aquí nadie te va a hacer nada y donde quiera que te vea…

– Oye, esto era un asalto, ecobio. –Dijo el otro y me detuvo cuando trataba de evadirme.

– ¿Te gusta esta gorra? –De nuevo me sentía inspirado- Es Adidas. Vale, por lo bajito, veinte dólares. Te la regalo. –y se la encasqueté al revés, como dicta la moda. Mi nuevo amigo se la quitó y la examinó con cuidado.

– Ya no te vas con las manos vacías. –dijo el líder.

– Ese es tremendo pullover. ¿Qué marca es? –Preguntó uno de los coristas.

– Coge. –y me lo quité-  Te lo regalo.

Todos sonrieron de inmediato y me palmearon la espalda afectuosamente.

– ¿Y para mí que hay, jefe? –dijo imitando el animado el cuarto asaltante. Hubo una carcajada general. Me hablaba a mí, no al mulato; pero demostrando magnanimidad, el líder no se enojó.

– ¿Qué te parecen los zapatos? Reebok.

Todos reíamos. Aquellos chicos tenían muy buen sentido del  humor. La noche parecía aclararse con los rostros, y las dentaduras brillaban límpidas como la esperanza. Después le entregué al líder del grupo mi billetera. Él la vacío de su contenido y (muy consideradamente) me la devolvió con los carnets y las fotos de mi novia.

Nos despedimos como buenos amigos. Al menos, eso creo.

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