Mi Gato está Poseído

Mi gato esta poseído. Me mira con ojos de diablo desde lo alto del refrigerador. Un odio nuclear infesta su alma. Sé que repasa terribles ideas, y planea nuestra muerte con paciencia de depredador.

Es una bestia fría y peluda. Y su actitud calculadora es el peor de los presagios. Por eso un escalofrío me recorre todo el cuerpo cuando lo siento llegar a casa. Y digo “lo siento” porque es imposible oírlo. Como todo el que trama una venganza, mi gato es extremadamente reservado. Si me lo encuentro en la calle, por casualidad, huye a la sombra de un salto. Nunca me invita a las orgías en que participa en las noches, y sólo puedo adivinar las degradaciones de que es capaz. Mis manos tiemblan como las de abuela cuando lo veo recorrer las estancias. Se mueve con la parsimonia que solo el poder brinda. Se pasea por mi cuarto como quien mide su feudo. Anda con ese aire de autosuficiencia militar, sabedor de que todo esto será suyo. En cierta forma ya lo es, porque su maldad es irrefrenable.

Pero no siempre fue así. Solía ser un animalito cariñoso y flacucho. Siempre perdía en los combates callejeros, por esas gatas que maúllan su amor desaforadamente y sólo se entregan después de duras refriegas. Regresaba a casa arañado y mordido, y teníamos que cuidar de él, como de un inválido. Hasta que mi madre se cansó de heridas y pus. De tanto sexo felino, con inevitables consecuencias clínicas. Y ¡horror! lo castró.

He descubierto su plan. Es sutil como la humedad. Nos matará de forma natural, con infecciones horribles y enfermedades incurables. Por eso excreta donde su fantasía le indica, sin el menor pudor o consideración; roba pequeñas mordidas de nuestras comidas; lame cuidadosamente los sartenes; se restriega contra los muebles y la ropa limpia. Nos ha obligado a compartir las sobras y los parásitos

Hoy mi madre le salvó la vida. Me lo arrebató de las manos cuando intentaba ahogarlo en el tradicional cubo de agua. No quiso oír siquiera mis motivos, y el gato me miraba empapado, con una sonrisa irónica. Sabe que ha ganado, de antemano, toda la guerra. Ahora sólo puedo esperar el fin. Quizá ya esté dentro de mí la muerte, aguardando con ojos fosforescentes en la oscuridad  de mis venas.

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