Otnemem

– Estaban un hombre y una mujer sentados en la piscina del Hotel Riviera. Para impresionar a la chica, el hombre se trepa al ultimo piso del trampolín y salta. En el aire da tres vueltas y cae en perfecto clavado. ¡No levanta ni una gota de agua! El muchacho sale y se seca. Cuando acaba se sienta y le dice a la muchacha: “¿Viste ese salto? Yo era campeón olímpico de clavado”. La chica, para no ser menos, se tira a la piscina. Empieza a nadar a tremenda velocidad de punta a punta. Da una, cinco, diez… veinte vueltas sin parar. Cuando por fin sale, el chico le pregunta: “Pero bueno, ¿tú eras campeona olímpica también, no?” Ella sonríe y le contesta: “No, papi, yo era puta a domicilio en Venecia”.

– No jodas…! – Los dos empezaron a reír.

– ¿Vienes mucho por aquí? –dijo aun entre risas.

– Todo el tiempo.

– ¿Sí? ¡Que raro! Nunca te había visto.

– No es raro, es normal. Yo tampoco me acordaría de mí mismo.

– ¿Qué? – preguntó con una sonrisa.

– Sí, es por mí… problema, ¿sabes?

El otro lo miro de arriba a abajo y le preguntó:

– Te ves bien, ¿cuál problema? – enseguida comprendió que se había apresurado. Después de todo lo acababa de conocer, y la pregunta podía sonar descortés. Así que agregó: – Si se puede saber, claro.

– Sí, se puede  saber. ¿Qué más da? ¿Viste alguna vez Memento?

– Sí, la película de aquel tipo sin memoria.

– Bien, es eso mismo al revés. Te  veo en la cara que no me entiendes. La cosa es así: él no se acordaba de la gente; la gente no se acuerda de mí. ¿Entiendes? Es lo mismo, pero al revés.

– No puedes estar hablando en serio…

Los dos hombres se quedaron en silencio. Uno no quería creer, el otro hablaba tan serio como un infarto.

– ¿Y tú creías que ese tipo de la película estaba en problemas, eh? Imagínate que no puedes  trabajar, porque nadie se acuerda nunca de ti. Que no puedes hacer nuevos amigos, porque tampoco te recuerdan.

– Bueno, pero que la gente te olvide tiene sus ventajas. A mí me encantaría que ciertas personas se olvidaran de mí. Cuando menos un par de “ex” y algún que otro oficial.

– Yo me aproveche de eso bastante tiempo. Puedo asaltar a cualquiera sin que pueda identificarme luego. Hasta que vi Memento y me di cuenta de que la memoria no era, después de todo, esencial a la hora de investigar. Mucho mas importante eran la evidencia física y la deducción lógica. – El otro hombre guardó silencio. – Eso lo dice el personaje principal.

– Eso no está nada bien.

– ¿El qué? A mí me parece cierto.

– Eso de que te andes aprovechando de la gente.

– ¡Ah! No tenía opción. ¿Que harías tú si nadie que conocieras después de los catorce años te recordara? Ya te digo, no puedes conseguir trabajo, ni…

– ¿Cómo? – lo interrumpió. – ¿Los que conociste antes de esa edad si te recuerdan?

– Sí, este no es un mal de toda la vida. No es como si mi madre me hubiera olvidado en maternidad, o se hubiera ido con otro bebé. Todos los que me conocieron en mi infancia, hasta los catorce años, se acuerdan perfectamente de mí.

– Y ¿por qué hasta los catorce años específicamente?

– No sabes cuanto he pensado en eso. Pero  no logro recordar nada en especial. Lo que haya sido no fue culpa mía. Empiezo a creer que las personas son felices o desgraciadas a pesar de sus esfuerzos y de sí mismos. ¿Me entiendes?

El otro no respondió nada; la pregunta era retórica. Además, se dio cuenta de que la conversación no iba a seguir por líneas filosóficas, que lo más importante estaba al aparecer y no quiso, por tanto, interrumpir su discurso. La cara de su nuevo amigo había empezado a nublarse, como cuando las pasiones aprietan por dentro.

– Nada que si naces para tamal… – siguió después de una breve pausa. – Ayer por  la tarde conocí a una muchacha. Era una hermosura, ¡un pelo!,  y unos ojos bellísimos. Eso por no hablarte del cuerpazo que tenía. La invite a salir de inmediato. Le caí en gracia y aceptó. Ya te imaginaras cómo estaba yo, flotando más que caminando. Pero me descuidé. Ella fue al baño y la perdí de vista. O mejor, me perdió de vista. No fueron más que unos minutos, pero fueron suficientes. Cuando la hallé estaba hablando con su “ex”. La peor de las suertes, pues el tipo fue al mismo lugar el mismo día y todo. Por supuesto, no me recordaba. Trate de que hiciera memoria… en balde. ¿Sabes lo que me dijo? – y sonrió muy agriamente – que había salido con su “ex”. Esa era su historia y nada que  yo dijera podía cambiarla. Pero, ¿a qué hablar mas de ella? – y hundió la cabeza entre las manos. – Lo único que quiero es un poco de calor, ¿sabes? Nada extraordinario. Pero es difícil de obtener cuando nadie recuerda siquiera el nombre de uno.

El otro hombre parecía petrificado; apenas pensaba realmente en sus palabras, sencillamente lo contemplaba. El dolor del olvidado lo había conmovido. Sí, era muy duro no estar en la memoria ajena más que como ave de paso.

– Oye, yo estoy aquí, hermano – Le puso una mano en el hombro, y el otro casi sollozaba. – Para lo que haga falta.

Lo dijo sintiéndolo, aunque no creía su historia. “Es mal borracho, el pobre” pensaba.

– ¿Quién va a pagar la cuenta? – Los interrumpió el camarero.

– Yo – dijo uno de los hombres. – Y traiga dos cervezas más.

Hubo un silencio mientras el dependiente limpiaba  concienzudamente la mesa. Las miradas vagaron por el bar. Cuando el dependiente se fue, dejando la cuenta frente al que había hablado, los ojos de los dos hombres se cruzaron  casi por casualidad.

-Ehhh… –el hombre dudó. Si había otras mesas vacías, ¿por qué se había sentado en la que él ocupaba? El extraño lo miraba fijamente, a través de unos ojos llorosos. Había cierta atmósfera de intimidad que le molestó un poco. El rostro le pareció vagamente familiar, pero no pudo ubicarlo. Probablemente no era más que alguien que se había equivocado, confundiéndolo con otra persona. Para disipar por completo las dudas le preguntó – ¿Nos conocemos?

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