Ron a las Piedras

Cuando llegó frente al edificio estaba ya bastante borracho. Ella vivía en el tercer piso. La luz que escapaba a través de las persianas de su cuarto, era atenuada por una tela de encaje. El chico no recordaba cortinas en aquella habitación y eso que más de una vez había pasado allí la noche. Ya no volvería a ocurrir; de esto, al menos, estaba seguro.

Destapó el “pepino” y se dio un trago como marea. Un temblor nervioso recorrió su cuerpo contrayendo sus músculos. Era un ron fuerte. Volvió a tapar el pomo y comprobó que apenas quedaban unos dedos de alcohol en el fondo. Entonces, una oleada de nauseas lo hizo tambalearse; esperó acuclillado a que el mareo desapareciera.

Cuando recobró el control sobre sus miembros, se puso a hurgar en el suelo. Revisó los jardines y el parqueo que hacía de entrada. Recogió tres piedras como puños. Pesó mentalmente la primera, tomó puntería y la lanzó. El proyectil impactó la pared con un ruido seco. Se oyó un murmullo creciente y la puerta del apartamento tronó. Una vieja se asomó en la escalera.

–  ¿Qué te crees que estás haciendo?

El chico ni siquiera reparó en la mujer. Por toda respuesta lanzó otra de las piedras.

– ¿Qué te pasa? ¿Estás loco?

– ¿Quién eres tú? – preguntó él, pero de inmediato comprendió que no le interesaba en lo absoluto. – Llámala. Dile que salga.

– ¿Que salga quién?

– ¡Dile que voy a tumbarle las estrellas que le regalé! – y tiró con todas sus fuerzas la tercera piedra.

– Apunta más alto, cabrón; que lo que vas a tumbar es el edificio. –  gritaron desde alguna parte.

– Esto no es problema tuyo.

– En un edificio todo es problema de todos

El muchacho decidió ignorar la voz y empezó a buscar en el piso otra piedra. La vieja, que comprendió perfectamente sus intenciones, empezó a gritar frenética:

– ¡Te voy a llamar a la policía! ¡Te voy a llamar a la policía!

– ¡Dile a Roxana que salga!

– ¡Aquí no vive ninguna Roxana!

– Ah, ¿no?

– ¡Te voy a llamar a la policía!

– Oye, bárbaro – volvieron a gritar desde quien sabe cual lugar -, Roxana vive en el edificio de al frente.

El muchacho giró sobre sí mismo confundido. Era cierto.

– Pero no empieces con la gracia de las piedras de nuevo, ella no está ahí.

– ¿Qué?

– Se fue esta mañana. Iba con maletas y todo, así que por lo menos no vuelve en unos días.

El chico dejó caer las piedras con cansancio. Destapó la botella y se tomó lo que quedaba de un buche. Casi se ahoga. Cuando logró asir de nuevo su cuerpo, sólo se le ocurrió disculparse, pero parecía ridículo. Así que dio media vuelta y empezó a andar. De pronto se detuvo, como si una duda se removiera en su mente. Se volvió y gritó:

– ¡Oye tú!

– ¿Qué? – le respondieron desde algún punto invisible.

– ¿Sabes dónde puedo comprar ron en este barrio?

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