TATÚ (un cuento que no tiene nada que ver con el grupo)

Quizás hallan oído hablar de Tatú. Por algún tiempo fue toda una celebridad, aunque ahora casi nadie lo recuerde. Y es que sin lugar a dudas era un tipo original. Un día se le ocurrió tatuarse el nombre de cada mujer con la que había hecho el amor. Alguien le celebró la idea y a él mismo le pareció muy buena; a partir de entonces se convirtió en costumbre.

No crean que se grababa el nombre así, sin más. Nada de eso, era algo verdaderamente artístico. Trataba por todos los medios de que el tatuaje reflejara algo de la personalidad o el físico de la mujer. Pasaba horas dibujando para decidir el color, la posición, el lugar del cuerpo, en fin, que cada detalle era escrupulosamente planeado. Abundaban en su piel los más asombrosos diseños. Aquí unas letras góticas, allá otras de estilo verdaderamente barroco. Una secretaria dejó como recuerdo un nombre en letras de Remington. Una muchacha de rasgos indios, marcó su cuerpo con una palabra exótica, impronunciable. El que identificaba a una informática era algo así como: ÑÅ«å©. Al cabo de un par de años la tinta cubría gran parte de su cuerpo y miembros. Su piel se transformó en una verdadera obra de arte.

Se corrió la voz y las muchachas del barrio se mostraron muy interesadas. Se le insinuaban con la esperanza de formar parte de la lujosa galería de su alma. Pero eso no es todo. La gente pagaba por ver sus tatuajes, en especial los extranjeros. No tardaron algunos intelectuales en notar la profundidad conceptual, de inevitables consecuencias metafísicas, con la que  esta nueva manifestación artística, surgida de manera espontánea, etc. Que si no se cuida le quitan el cuero para exponerlo en Bellas Artes.

Pronto Tatú empezó a ver las dificultades que todo este éxito acarreaba. No podía dejar de dibujarse la piel cuando quisiera. Cada chica que pasara por su cama, exigía como comprobante una marca en su cuerpo. Los extranjeros y demás mirones esperaban novedad constantemente. Los intelectuales lo empujaban a ser más atrevido y profundo. Él, por supuesto, no quería decepcionar a nadie, pero se sentía muy contrariado.  Su propia piel le era ajena; le había sido arrebatada.

Lo peor, no obstante, era la presión que su propio arte ejercía; pues Tatú se había vuelto un instrumento de la idea. Extremó las precauciones al tatuarse. Ya no escogía a las mujeres por su belleza y personalidad, sino por las sílabas de su nombre. Llegó a la abstinencia en algunas oportunidades, para no verse obligado a romper cierta simetría o figura general que le gustaba. Una vez estuvo en ayunas, como quien dice, durante más de un año.  Ya sabemos que no le faltaban oportunidades, por lo que, para no verse tentado siquiera, optó por no salir nunca de su casa.

Todo esto lo afectó notablemente: desarrolló una aguda neurosis. Soñaba que los nombres peleaban entre sí. Se gritaban insultos desde un extremo a otro de su cuerpo. Había constantes disputas domésticas y se formaron bandos, alianzas y ejes. Llegó a creer que su piel cobraba vida independiente en las noches. Él pobre muchacho pasaba las madrugadas en vela, huyendo de su propia creación.

La última vez que supe de él estaba internado en el Hospital Psiquiátrico: se había desollado a sí mismo.

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