Una Cita

Sacó la caneca del escondite detrás la cama y se dio un trago. Le gustaba el alcohol. Puso la botella en el bolsillo trasero del pantalón, cogió a Iris de la mano y salieron de la casa.

Llovía impertinentemente desde las seis de la tarde. Tuvieron que abrazarse bajo el paraguas para quedar resguardados los dos. Andar así era más difícil, pero el juego los divertía. Ella llevaba un vestido escotado y, mientras caminaban juntos, él podía ver aquellos senos contundentes como mazazos. Todo el viaje, en el asiento trasero del TAXI, estuvo amasándolos mientras la besaba.  Casi lamentó llegar al Vedado, y se consoló empinando la caneca.

No tenían destino fijo. Dieron un par de vueltas y entraron en un cine. Aunque estaba casi vacío se sentaron al final, entre las sombras más elevadas. Seguían abrazados como si nunca hubieran salido de debajo del paraguas. Marcos sacó la botella y volvió a tomar. Entre beso y beso, un trago. Se acariciaban constantemente. Pronto se volvieron, invisibles en la oscuridad, más atrevidos.  Las manos recorrieron la piel por debajo de la ropa. Las piernas de Iris estaban abiertas en una tácita invitación que él no rechazó. Era inmensa, y brindó por eso.

Sin que él se lo pidiera, Iris abrió la portañuela. Lo acarició un rato con los dedos. Después bajó la cabeza e hizo lo suyo. Él ya estaba muy borracho, y no tuvo ningún orgasmo.

Cuando se acabó la película tuvieron que irse. Marcos caminó sobre los asientos hasta la salida. Saltando de respaldar en respaldar para probarle que aún tenía equilibrio, ergo no estaba curda. Luego TAXI de vuelta a casa y más ron.

La acompaño hasta su casa. Todo estaba apagado, señal inequívoca de que la familia dormía. Marcos insistió en ver el cuarto de la chica y ella no se hizo rogar demasiado. Furtivos como gatos, caminaron hasta el final del apartamento. Abrieron una puerta y encendieron las luces. Se desnudaron con naturalidad, cada cual con lo suyo, y se acostaron sin romance. Marcos se sentía vagamente violento. Su ternura se había diluido en el mar de alcohol. Abofeteó a Iris sólo para saber cómo se sentía hacerlo. La muchacha empezó a llorar. Se llevó la mano a la oreja, donde una semana antes había tenido una infección, y gimió un buen rato.  Eso fue todo; así acabó la noche.

Estas son las santas horas en que Iris no oye de ese lado. Él dice en broma, que oye mono en lugar de estéreo; pero yo que lo conozco, se que lo siente mucho.

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