Fiesta

Era mi cumpleaños: nada nos impediría hacer una fiesta. Le pedí prestada la casa a mi tío, que después de comer y leerme la cartilla hizo mutis. Entonces llamé a mi gente.

En pocos minutos habían llegado los incondicionales. Rubén, con el equipo de música en el asiento trasero del auto. Armando y su nueva mujer: una india con sabor, dueña de unas nalgas como corazones. También vino Saúl, y en vez de estar acompañado por alguna muchacha, traía consigo a un desconocido.

– Les presento a Tomy.

– ¡Hola mundo!

– ¿Alguna vez has oído un saludo más idiota? –Preguntó Armando sin referirse a nadie en específico, pero como su mirada enfocaba a Tomy, parecía estarse dirigiendo a él.

– Es que estudia informática. –Respondió Saúl.

– Esa no es respuesta.

– Dejen eso. Vamos a preparar el campo de operaciones.

La casa se puso en movimiento. Guardamos los adornos en el último cuarto (que era donde dormía mi tío) y le di la llave a Tomy para que lo cerrara. Luego los muebles de más bulto (el sofá, el piano, y un librero con espacios para el TV y revistas) fueron a parar al patio. Sobre la mesa del comedor se acomodaron algunas fuentes. Instalamos el equipo de música y apagamos la luz de la sala.

– Ocúpate de la música, Ruben. –dije yo.

– Ni hablar, ¿pídele a Saúl? –pero en la cara de éste, transparente a las emociones, estaba pintada la negativa.

– Yo me hago cargo. –Dijo Armando. Dame la linterna.

Revolvió los CD un rato, y se decidió por algo demasiado violento para mi gusto. Como era sumamente desagradable contradecirlo y además, nunca daba resultado, rompí el sello de una botella y le ofrecí un trago a los santos; en la esperanza de que, gracias a su ayuda, todo saliera bien. Y al principio pareció que habían oído mis ruegos, pues media hora más la fiesta era un hecho incontrovertible.

Entonces Armando pinchó (si puede aplicarse a un CD el término) Wild Thing. Wild Thing, you make my heart sing, coreábamos. Wild Thing… y luego silencio; seguido por un abucheo y gritos.

– ¡!Coñó…!! ¡Se fue la luz!

-Me cago en Craist. ¡Fukkkkk! –Les ahorro el resto, pues el inglés de mi amigo no lo entiende nadie, ni los extranjeros.

Entré al cuarto de mi tío y cogí el backup de la computadora. Saúl aguantó la linterna en alto y Ruben, que le sabe a la electrónica un mundo, conectó el equipo a la grabadora.

– Ten cuidado no revientes esa cosa.

– Tranquilo… ya está. Esto sólo dura cuarenta minutos.

– Seguro horita llega la luz.

La música volvió a oírse; llenó el espacio con algo exultante. Un trago inspirador, para olvidar a toda prisa el reciente sinsabor, y a bailar de nuevo, entre empellones y codazos, en la más absoluta oscuridad. Las parejas coparon enseguida todos los rincones. Algunas chicas se quejaron de manos inesperadas, que se tomaban a la ligera el riesgo con tal repasar la forma de un buen culo. Así que busqué en el cuarto de desahogo un quinqué. La sala quedó mal iluminada por la llama asmática, y de inmediato se oyeron murmullos de protesta provenientes de los enamorados.

-¿Has visto a mi india? –Me preguntó Armando.

– No.

– Voy a buscarla.

– Quédate con la música. Si la veo, te la mando. –En perfecta consonancia con su carácter, Armando no lucía nada conforme. Mira, tengo que buscar a Tomy y seguro me cruzo con la india, que esto tampoco es tan grande.

-¿Por qué?

– Voy a abrir el cuarto de mi tío y el tiene la llave… Para los interesados.

– Anótame en la cola. El backup se está muriendo, de paso, dile a Saúl que traiga la guitarra. – Eso era un orden, así que lo ignoré.

¿Dónde está Tomy? El portal desierto. En la confusión de la sala no logré encontrarlo tampoco. La mesa del comedor estaba ya casi vacía, habíamos subestimado, sin dudas, la voracidad de los invitados. Cuando pasaba frente al cuarto de mi tío, en dirección al patio, me pareció oír un gemido. Justo de esa clase, ¿sabes? Empujé la puerta y allí estaba Tomy; tendido sobre la cama con el pantalón a la rodilla. La india hacía cuclillas sobre él. Así quedó confirmado por medio de la experiencia inmediata que sus nalgas eran, en efecto, como corazones. Habían encendido los cuatro o cinco velones que mi tío guardaba para casos de emergencia, y en medio de aquella claridad se refocilaban.

Los contemplé unos segundos antes de que reaccionaran. Ella lanzó un gritico pudoroso, tan a destiempo que coincidió con un silencio entre dos canciones.

-¿Vas a quedarte de mirón? –Preguntó Tomy.

– Es posible, pero me temo que no va a durar mucho.

Por el pasillo llegaba en ayuda de su novia Armando. Me sacó del umbral, haciendo pública demostración de su musculatura, de un halón que desgarró mi camisa. Lo que sigue es muy difícil de narrar ordenadamente. Armando, sin que mediaran palabras, se abalanzó sobre Tomy. Este trataba de defenderse, pero es extremadamente complicado esquivar golpes y devolverlos cuando se tienen el pantalón y el calzoncillo enroscados en los pies. No me tomé el trabajo de intervenir, pues cuando Armando está en su modalidad destruye-y-mata no reconoce la diferencia entre amigos y enemigos, y tengo varias cicatrices para demostrarlo.

La india gritaba, también medio desnuda. Les aseguro que tenía las mejores nalgas que he podido disfrutar en mi vida y no crean que es simple obsesión mía. Nada se hizo tampoco cuando nos vimos rodeados por un grupo suficiente como para controlar la furia de Armando, pues nadie tenía interés alguno en la pelea. Todos se mostraban, por el contrario, muy dispuestos a consolar a la india en su angustia, por supuesto, a nadie se le ocurrió la tontería de vestirla. Y así siguió la cosa hasta que alguna chica (celosa quizás) la ayudo con sus ropas y se la llevó del escenario. Sólo entonces nos tomamos el trabajo de separar a los dos contendientes.

En realidad la tarea sólo consistía ya en calmar a uno de ellos, porque Tomy estaba tendido inerte en el suelo. Hacía varios minutos que Armando se dedicaba exclusivamente a pisarle la cabeza con sus botas militares y, francamente, parecía que encontraba esta ocupación algo tediosa. Un par de brazos y palabras amistosas bastaron para hacerlo desistir. Se retiró cansado, sin dirigirle una palabra a nadie, se recostó a una pared y deslizó su cuerpo suavemente hasta el suelo. Alguien le dio luego una botella de ron.

Cargamos a Tomy y lo acostamos en la mesa del comedor.

-¿Quién se va a ocupar de la música ahora? –Preguntó Rubén.

– Tú. –Le dije yo.

– OK. –Pocos segundos después la música volvía a sentirse.

– ¿Estará vivo? –Era Saúl el que hablaba.

– Quizás.

– Deberíamos llevarlo al hospital o algo, ¿no crees?

– Yo no tengo cabeza para eso ahora. ¿Quieres llevarlo tú? Oye el backup no va a durar eternamente. Trae la guitarra. –Para que no sonara a una orden agregue con una sonrisa. Una presentación en vivo.

Saúl desapareció rumbo a su casa. En su transparente fisionomía la preocupación era evidente. Lo entendí, me puse en su lugar y lo entendí: hace sólo dos meses que se compró la guitarra, le atormenta hacer el ridículo.

Como estaba previsto, la carga del backup se agotó poco después. Fui al cuarto de mi tío, otra vez. La puerta abierta resultó ser una invitación tácita que no pocos agradecieron. Tuve que moverme entre cuerpos que se amasaban en la oscuridad; ahora, prevenidos por la experiencia anterior, habían apagado las velas. Me alegré de que fuera absolutamente imposible determinar el rostro o siquiera la silueta de nadie en aquellas tinieblas. Cogí las bocinas de la computadora y salí saltando sobre un bulto que se contorsionaba y jadeaba en el suelo. Camino a la sala noté que la poca comida que quedaba en la mesa había desaparecido, obviamente nuestros invitados tenían muy buen apetito. Recolectamos todas las pilas que pudimos encontrar: discman, teléfonos celulares, controles remotos, reloj. Probamos el arsenal de baterías hasta que dimos con las que tenían suficiente carga. Conectamos una discman y volvimos al baile.

– ¿Has visto a Armando? – Le pregunté a Rubén.

– No, hace rato. – Estaba muy atareado, cada quince minutos tenía que sacar las pilas agotadas, y reemplazarlas por otras – Ni a él ni a la India.

– ¿Qué coño pasa con la miusic, men! – Gritaron desde algún rincón de la sala.

– Deben estarse reconciliando. Estas también están muertas, más muertas que Tomy. – Ambos reímos con el símil.

– ¿Qué coño pasa con la miusic, men!

– ¿Se te rayó el disco, huevón? ¡Cállate ya!

– Sí, y Dios quiera unas cuclillas mediante.

– ¿Qué?

– No te preocupes. Yo me entiendo.

Las primeras gotas pasaron desapercibidas. Luego, ignoramos la lluvia a gusto. Sólo cuando el aguacero volvió sus ráfagas hacia las ventanas, y cubrió el portal con sus dedos, nos vimos obligados a hacer algo. Cerramos herméticamente la casa y seguimos en lo nuestro. Lastima que el quinqué y los cuerpos agitados caldearan la atmósfera sin piedad. Las parejas abandonaron cualquier demostración de afecto físico. Hasta respirar se hacía difícil. Nada de esto, por supuesto, constituía un impedimento serio, pero lamentábamos que ahora Saúl no iba a llegar nunca, pues los músicos son quisquillosos con sus instrumentos y bajo esa agua…

Para nuestra sorpresa Saúl llegó bajo el aguacero torrencial. Se quitó el impermeable y se sentó en el piso. Fue una coincidencia afortunada, pues Rubén llevaba un buen rato tratando de hacer funcionar las bocinas sin éxito.

– Esta guitarra no quiere afinar. Es que las cuerdas con que me la vendieron son muy viejas.

– No importa si de todas formas tú tampoco sabes cantar. –Era la voz de Armando. Por el tono nos dimos cuenta que había recobrado su buen humor. La india, valga decirlo, estaba sentada sobre sus muslos rebosante de satisfacción.

– Toca lo que quieras que aquí nadie tiene oído. –Dije yo.

– Necesito que me acompañen.

– Si es algo que nos sabemos…

– Canciones de los Beatles.

– ¿Sabina?

– No.

– ¿Doors?

– No.

– ¿ GunsAndRoses Metallica Nirvana Molotov Pearl Jam SoundGarden Kiss ACDC Led Zeppelin?

– No. Sólo canciones de los Beatles.

– Greit, me sé todas las sons.

Así dimos inicio a la primera presentación en vivo de nuestro amigo. Cantamos primero y luego chillamos todas las canciones de los Beatles que pudimos recordar, aunque la guitarra la mayoría de las veces no supiera cuales eran los acordes precisos, ni siquiera los que vagamente se aproximaban a la armonía correcta.

Después de agotar la memoria y el repertorio, tanto de la audiencia como del músico, empezaron a repetir algunas. Atormentado por el hambre, me levanté y fui hasta la mesa del comedor. Rubén estaba allí. Revisé las fuentes y no encontré ni migajas.

-¿Quedó algo? – A mi lado estaban Armando y la india.

– Ni para alimentar peces.

– En otra época lo hubiéramos tirado al mar. Eso dicen en las películas cada vez que alguien cae al océano: alimento de pez.

– ¿Tomy?

– Sí, claro.

– Esa es una buena idea, Armando –dijo Ruben.

– ¿Cuál?

– Comernos a Tomy.

– Tiene sentido. Es bastante grande, seguro puede alimentar a todos aquí. –Afirmó Armando.

– ¿Cómo carajos creen que se van a comer a un tipo en el comedor de mi tío! Me mata cuando llegue.

– Te mata de todas formas cuando vea el cadáver, ¿verdad? Míralo de esta forma: estamos eliminando evidencias.

El argumento era irrebatible. Cuchillo en mano descuartizamos a Tomy. Quitar la carne de los miembros fue tarea fácil. Decidimos luego desechar las costillas y la cabeza: no valía la pena el esfuerzo. Le dimos vuelta al cadáver y observamos con cierto recelo las nalgas.

– Tienen carne, eso no se discute.

– Me niego a morderle el culo a un tipo.

– Imagínate que es un pernil…

– ¡No voy a imaginarme absolutamente nada! ¡Y no voy a comerme las nalgas de Tomy!

– Yo sí. –dijo la India. Armando la miro con lanzas en los ojos.

– Esa es la solución a nuestros problemas. –dije yo- Las chicas se comen el culo de Tomy y los hombres, que somos más de todas formas, nos tragamos el resto. ¡Listo!

La voz de que había un nuevo plato se corrió con rapidez de vértigo. No teníamos tiempo para cortar un buen filete y ya había a nuestro lado un par de manos esperando el despojo sangriento. Esa fue la razón de que nuestros empeños como luncheros resultaran en un tan mal trabajo: al final del banquete hubo que roer los huesos.

– A lo mejor sabe bien con sal.

– Quizás.

– Regálame la oreja.

– Podríamos cocinarlo.

– La masita.

– A mí sírveme el riñón.

– ¿No quieres eso que te sobra? Te veo mirándolo tanto.

– No juegues con la comida.

– ¿Qué haces con la jugada del muerto en la boca, baby!

– Es cierto lo que dicen: la carne humana sabe muy bien.

Después de saciar nuestro apetito metimos los huesos en una de esas bolsas negras que usa mi tío (y parecen sacadas de las películas del sábado) para botar la basura. Lo echamos en el latón de la esquina. De inmediato se reunieron todos los gatos del vecindario y cayeron sobre el latón.

Alguien tuvo una idea genial: pusimos un CD que nos gustaba a todos en una discman y usamos los audífonos por turnos. Una canción por persona. El que estaba oyendo la música cantaba el tema. Los demás bailábamos alrededor y coreábamos. Después de que se acabara el primer CD, pusimos otro y luego un tercero.

La puerta se sacudió violentamente: alguien la aporreaba desde el exterior como si quisiera derivarla. La abrí violentamente y le espeté al visitante sin mirarlo siquiera:

– ¿Te crees que esto es un castillo medieval, o qué? ¡Ah! Lo siento, señora. Cállense. – dije volviéndome hacia mis invitados.

La presidenta del CDR me miró con ojos de fuego. Estaba vestida con una bata de casa, que bien hubiera podido ser de embarazada, y tenía el pelo lleno de rulos. A su espalda dos policías hacían gala de su semblante más amenazador. Me congelé, por mi mente pasaron la mesa ensangrentada, y cada uno de los trozitos de Tomy y me dieron ganas de regurgitar y reanimarlo.

– ¿Ven ahora con lo que tenemos que lidiar? Este es un barrio de gente trabajadora, de vecinos comprometidos con el proceso. Y estos muchachitos – con obvio desprecio – que ni estudian ni trabajan, se dedican a hacer bulla por las noches.

– ¿Qué está pasando aquí? – pregunto uno de los policías.

– Nada oficial, estamos teniendo una fiesta.

– Que amenaza volverse una orgía, pigk.  – gritaron desde adentro.

Entrecerré la puerta y quedé expectante, imaginando lo peor. Afortunadamente nadie entiende el inglés que habla mi amigo, ni siquiera los extranjeros.

– Ya son más de las doce. Tienen que hacer menos ruido.

– ¿No va a ponerles una multa, oficial?

– No podemos hacer tal cosa por meter bulla nada más. Primero tenemos que advertirles.

– ¿No ven que están borrachos… y Dios sabe que más?

– Abre la puerta.

Me resigné a lo inevitable. Abrí la puerta y me recosté a una pared mientras los tres intrusos deambulaban por la sala mirándonos. Dieron una vuelta de reconocimiento, y uno de los policías preguntó sin dirigirse a nadie.

– ¿Qué están haciendo?

– Ai don espik to puercos.

– Extranjero, eh? – Y no volvió a dirigirle la palabra, ni mirarlo se permitían siquiera. La presidenta del CDR por el contrario se volvió toda sonrisas para mi amigo. Al resto de nosotros en cambio, nos regaló miradas inquisitivas sin reparo alguno.

– Mire, oficial, la culpa es mía – Dijo Armando. – Nada que perdí el control y lo maté.

– ¿Qué! – se llevó las manos instintivamente a las esposas.

– Yo debí llevarlo al hospital luego, no me lo voy a perdonar nunca… – ahora hablaba Saúl, después de unos segundos de meditación rectificó. – ¡Mentira! Era un jodido. – y soltó una sonrisa muy abierta.

Los agentes del orden se miraron nerviosamente. Estaban tensos.

– Tampoco debimos comérnoslo, eso fue feo. Aunque tuviéramos mucha hambre… – Ruben tampoco lucía muy convencido de su afirmación. – Estaba rico, eso no se discute.

Fue entonces cuando la India habló:

– Yo… no debí acostarme con él… es que… no puedo… – y se deshizo en llanto. Armando la abrazó y creo que en ese momento se reconciliaron verdaderamente.

– Está bien ya lo saben todo. Matamos a Tomy y luego nos comimos el cadáver. Creo que merecemos ir a la cárcel. Lo siento por mi tío. Podemos ir todos, tendríamos que organizar de alguna…

– Ya basta de burlarse. Me dan ganas de meterlos presos por mentirosos.

– Pero es cierto. Allá está la mesa ensangrentada para probarlo.

– ¿Ven con lo que tenemos que lidiar? ¡Los mandaría a todos para la caña! – gritó casi histérica la presidenta del CDR. – Menos a ti cariño. – y le guiño un ojo al falso extranjero. – ¿No les van a poner una multa?

– Vengan conmigo y les enseño… – dije mientras agarraba a uno de los oficiales por la manga. El hombre se soltó con un gestó abrupto.

– ¡Ya está bueno! O voy a oír a esta señora y les pongo una multa.

– Pero, pero…

– ¡Cállese! – me ordenó – Ahora mismo dejan de hacer ruido. Y que no vuelva a tener una queja más de Uds. esta noche, o van a ver… – la palabra quedó suspendida amenazadora. Pero nosotros, más que intimidados, estabamos sorprendidos.

– ¿Y no les va a poner una multa!

– Cállese Ud. también, señora. – Dijo el oficial mientras se iba. El otro lo siguió igualmente exasperado – Esto es lo más grande que he visto, compadre… – Las otras palabras no llegaron a la sala donde estábamos. La presidenta del CDR nos lanzó una mirada de rencor eterno y se fue con altivez.

Después de esto, nos sentamos a hacer chistes (riéndonos bajito) hasta el amanecer. La fiesta fue todo un éxito.

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