Alma Quejumbrosa

Se ha cometido un terrible error conmigo. Ni en la burocracia del otro mundo se puede confiar. Los ángeles simulan trabajar frente a sus celeste máquinas de escribir, mientras conversan entre ellos, entretenidísimos por demás, de cualquier nimiedad. ¿A quién sorprende, en ese panorama, que las solicitudes de reencarnación se confundan? ¡Y hay que verles las caras cuando se les recrimina por algún error! Te miran con esos rostros arrugados y amargos como medicinas, y se defienden tan apasionadamente que, si no te cuidas, terminas siendo tú el culpable. Lo peor es que una vez puesta en marcha la maquinaria, es casi imposible pararla. Una equivocación en una tilde, un descuido en una sola  cifra de los dos mil dígitos que tiene el número de inscripción celeste, una coma mal puesta entre dos de los cientos de nombres que un alma ha tenido a lo largo de sus repetidas encarnaciones, y allá va el espíritu equivocado a sufrir sin tasa en un destino que de otra manera le hubiera sido ajeno.

Entonces no queda más que poner en marcha los mecanismos de reclamación, siguiendo, por supuesto, los canales adecuados. Estos canales se reducen, desde el punto de vista práctico, a uno sólo: el rezo. Después de encarnar lo único que se puede hacer es rezarle a Dios para que arregle la equivocación. A veces se verifica un milagro, pero las más, el ser supremo se muestra sutil y ocurre un accidente.

Mi problemas es sencillo en realidad. Pedí reencarnar en el siglo XXI, y por algún terrible error fui a parar al siglo XVI, por lo menos. Quería pañales desechables, cremitas, gel jabonoso y agua caliente… pero me tocaron pañales de trapo, jabón y agua del tiempo. Mi madre siempre anda angustiada, lavando trapos y gritándole a la suegra; porque vivimos cuatro generaciones y dos familias en la misma casa y, no importa como nos acomodemos, siempre estamos unos arriba de los otros. Además no faltan motivos para andar disgustado. Primero se va el agua, por alguna rotura quién sabe dónde. Si, por esas ironías de la vida, cae una llovizna (no importa cuan fina) se va la luz. Y cuando  todo parece que no puede empeorar, que de aquí en adelante, por fuerza, algo tiene que salir bien… se va el gas.

Nosotros, nacidos vasallos, vivimos circunscritos a nuestro feudo. Habitamos en el horizonte, sin noticias ciertas de la corte. No podemos imaginar las entrañas del castillo. Una verdadera niebla nos impide formarnos una idea de la pirámide de la que somos parte (léase parte de la base, claro está). Nos cercan las limitaciones, insuperables como abismos, de no pertenecer a la nobleza hereditaria. Sólo podemos escapar como los delincuentes, si, furtivos como las enfermedades, encontramos algún resquicio en el sistema. Desde las carretas superpobladas que usamos para transportarnos, los vemos pasar en sus caballos pura sangre. Envueltos en nuestras pieles de cabra, los vemos andar con trajes de corte. Sospechamos sus vidas secretas, entre el lujo y la abundancia, pero nada sabemos de seguro. Y somos tan infames que ni siquiera odio les tenemos: sólo envidia.

Lo único que quiero es que me saquen de aquí como sea. Estoy dispuesto a someterme al cáncer o a un accidente de tráfico. Yo soñé estar en otro lugar, ¡quería otra vida, coño! … Un terrible error se ha cometido conmigo.

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