Carta del Inframundo

A quien corresponda:

Me he decidido a dictar esta misiva porque el actual estado de cosas me ha impuesto tal necesidad. A lo largo de los siglos he notado que las fantasías y expresiones del hombre resultan tendenciosas cuando se refieren a mi persona. Pero no bastándoles con difamarme durante milenios; con circular los más atroces rumores sobre mi persona y mis dominios; con usarme de chivo expiatorio para cualquier mal imaginable; con usarme de figura negativa en cualquier película de clase B y poner en mi boca textos risibles; han usado mi imagen de manera irresponsable en South Park the Movie.  Los creadores del animado, que es además uno de mis preferidos, han considerado adecuado incluir una escena en la que aparezco (o al menos una caricatura mía aparece) sodomizando a Saddam Hussein. Es esta una ofensa que hasta yo considero intolerable. Creo que ha llegado el momento de desmentir todas esas calumnias que hombres mal intencionados han esparcido.

Empecemos por el principio. En primer lugar, yo no soy enemigo de Dios. Nunca le hice la guerra; ni a él ni a nadie. Nuestras relaciones son, en cambio, excelentes. Él se ocupa del negocio del entretenimiento, y yo del correccional. Me parece que he dado con un símil afortunado para describir el infierno: se trata, en efecto, de algo parecido a las cárceles tal y como Uds. las conocen. Olviden esas mansiones sombrías, las emanaciones de azufre y los fuegos en todas partes. Nuestras oficinas y habitaciones son limpias e iluminadas; tienen, en una palabra, aires de laboratorio. Los corredores no son oscuros pasadizos, sino pasillos perfectamente trazados.  No hay olor a sangre y vómito, sino a cloro y formol.  Todo el sistema está montado sobre bases racionales. Me place decir que es una institución muy organizada y está considerada modelo de eficiencia incluso cuando se mide por cánones divinos: pues siempre se cumple con la justicia (y esta clarividencia es uno de nuestros motivos de orgullo). El castigo recae sobre los culpables, a diferencia de lo que ocurre en el sistema penal de los humanos, donde la culpabilidad está asociada a la sensibilidad política y económica, nuestras sentencias siempre son acertadas. Con respecto al castigo que damos a los descarriados hay también mucho mito. El tormento carece de cualquier elemento de ensañamiento, pues se trata de un procedimiento puramente impersonal. Nuestra principal tortura es el aburrimiento. Imagine, pedestre lector, estar toda la eternidad sentado en un celda, sin más compañía que tus maldades, rumiando los recuerdos. Mientras, todos aquellos a los que dañaste te mandan cartas semanales desde el paraíso, describiendo a todo color lo bien que la pasan en las playas, discotecas, cines y conciertos celestes. Carente de otra literatura y ocupación, los condenados tienen que leer (aunque nadie los obliga, por supuesto), repito, leen una y otra vez estas misivas hasta enloquecer.

Es cierto que para las almas más recalcitrantes tenemos preparados algunos tormentos físicos, si tal expresión cabe tratándose de almas y no de cuerpos. Desgraciadamente mis empleados casi siempre han sido gente un poco ruda y estrecha de entendederas (en esto vuestros escritos no van tan descaminados), demonios, en fin. Hasta hace muy poco se conformaban con machacar y descuartizar a los reos. Y supongo que hubiéramos seguido así durante milenios, de no ser porque decidí poner mis ojos en vuestro mundo. En la actualidad enfrentamos una total revolución de nuestros métodos.

De los hombres aprendimos refinadas torturas. Pondré algunos ejemplos escogidos sin mucha atención; no voy a hacer un catálogo. De los romanos a crucificar en masa. El vuelo del águila de los hijos de Thor[1]. De los inquisidores a quemar por grupos y al azar. De los conquistadores del nuevo mundo a empalar y a descuartizar con caballos. De los chinos la muerte de los mil cortes. De los iraníes a echar metales fundidos en los orificios del cuerpo; y a untar con miel, para que las moscas y gusanos se den banquete. También aprendimos de Uds. a estirar con bancos especiales a nuestros prisioneros; a martillar sus articulaciones luego;  a sentarlos en una silla o meterlos en un sarcófago, forrados de clavos; a meter objetos extensibles, con forma de capullos de flores, especialmente fabricados para el caso, dentro de la vagina o el ano; y la delirante tortura de la rata[2]. Hubo incluso dictadores que me instruyeron en magia. El arte de desaparecer almas es tan sutil como efectivo. Después que se adquiere habilidad en el mismo, no hay manera de resistir la tentación de practicarlo una y otra vez. Nos hemos beneficiado inmensamente con el desarrollo tecnológico de vuestra civilización. En una sala tenemos miles de camas metálicas donde las almas chillan al ser electrocutadas. Un pabellón de torturas psicológicas está siendo construido mientras dicto la presente.

De un tiempo a acá, han empezado a ingresar, cada vez más en mayor grupo, almas que se dicen especialistas en estos desagradables menesteres. Según estos espectros, en vida fueron empleados de agencias misteriosas, con nombres desconcertante casi siempre asociados a la inteligencia. Y debo decir que son realmente fantásticos estos chicos (si el adjetivo fantástico, tan vago por demás, soporta el sentido de lo terrible y abominable). He organizado cursos donde mis empleados aprenden todo lo que pueden de ellos. Luego los profesores son sometidos, para comprobar la eficacia de sus conceptos, a los mismos métodos que preconizan.

Hace ya algunos años llegó a nuestras instalaciones un espectro particularmente enterado. Era tratado con respeto por todos; incluso los más destacados conocedores de los tormentos humanos hablaban de él con admiración. Decidí entrevistarme con este nuevo personaje. Después de un par de horas ya tenía claro para mi fuero interno que estaba frente a una eminencia en la materia. Entonces me pasó por la cabeza que alguien tan sabio en cuestiones de dolor, debería también dominar el tema opuesto, o sea, el placer. Efectivamente, mi interlocutor decía ser un verdadero especialista en los placeres de la vida. Todos los había probado; según él, no había en todo el globo paladar más entrenado, ni piel más docta. Quedé, como se entiende, maravillado; pero me decepcionó de inmediato cuando intenté que me diera detalles: fuera de algunas drogas nuevas y las consabidas orgías, no pudo agregar nada…

Como dije más arriba, ha llegado la hora de callar de una vez y para siempre a mis detractores. Con esta pequeña carta espero haber aclarado los puntos más importantes respecto a mi persona y mis dominios, y haber disipado las dudas y rumores que pesaban sobre nuestra imagen. Estas pocas hojas serán copiadas hasta el cansancio por mis empleados, y luego diseminadas por el mundo. Como va dirigida a todas las personas del globo, he intentado que mi lenguaje sea fácil y directo. Me adelanto así a las posibles críticas estilísticas que sé, me harán los entendidos, aunque sólo sea para darle preeminencia a su propia imagen. Como escribí hace ya mucho en el Eclesiastés[3]: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. En fin; me despido con la esperanza de que mi mensaje sea oído en todos los parajes de la tierra.

Afectuosamente, el Diablo.

[1] [Nota del Redactor.] Amarran al condenado a una estaca, de forma que queda con los brazos estirados hacia arriba; le cortan la piel y carne de la espalda hasta llegar a los pulmones; así, después de otros cortes rituales, se le deja morir desangrado. Se llama vuelo del águila por el movimiento de los pulmones, como alas, al respirar el moribundo.

[2] [Nota del Redactor.] Consiste en poner una rata en la barriga de la víctima, dentro de una caja de hierro especial (que no tiene piso). Se calienta después la caja; de forma que la rata para huir del calor se ve obligada a cavar.

[3] [Nota del Redactor.] Dios, conocedor de la inclinación por las letras de Mefisto, le encargó la creación de un texto promocional. Para hacer la historia entretenida y convincente este último usó un personaje de ficción que se daba un aire consigo mismo. Es algo parecido a lo que los escritores de la tierra hacen al contar en primera persona las peripecias de un asesino en serie, o de un borracho perdido, o cualquier otra. Nadie confundiría, obviamente, al escritor con el personaje a través del cual habla, ¿no es cierto?

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