Eterno Retorno

Estaba yo en aquella casona en ruinas, rodeado por un bosque brumoso que parecía no tener alma. Y estaba el terror: la aparición que me seguía a todas partes desde  el ocaso. Me espiaba desde las ventanas, surgía de las sombras, asediaba mis pasos en los recodos y cuartos vacíos.  Tenía el cuerpo deforme, cubierto de llagas pestilentes, y murmuraba algo incomprensible mientras caminaba con equilibrio de sonámbulo. Una  y mil veces hice blanco en su cabeza con mi arma. Cuando hube agotado mis municiones, recurrí a los cuchillos y al hacha. Y él caía convulsionando, quejándose en un susurro, como el rumor de la sangre que corre; pero sólo para reaparecer luego, llevando en la piel nuevas cicatrices.

Eventualmente, en aquella pesadilla sin fin, me di por vencido. Me senté a su lado y acerqué mi oído a sus labios. Las palabras llegaron entre escupitajos de sangre y ahogos:

– Sé que volveré – decía hasta el cansancio – Sé que volveré. La vida no saciará su ansia de muerte, hasta que nos halla suprimido infinidad de veces.

Esta letanía indescifrable me exacerbó más que las heridas macilentas y el humor que supuraba su carne. Le retorcí el cuello hasta que sentí los huesos crujir, y esperé… esperé su retorno.

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