¿Y Bien?

– ¿Qué te parece?

– Que me hace falta otra cerveza. – Armando levantó sus casi dos metros de sólidos músculos para llamar la atención del cantinero. – Otra más. – dijo señalando el vaso con un gesto de la mano.

– Que sean dos. ¿Alguien más quiere otra? – dije yo.

– No. ¿Pero tiene o no algo de…? – preguntó Ernesto.

– ¿enigmático? – sugerí, y justo llegaron dos botellas veladas por el frío.

– Sí, sí.

El perro de Joyce estaba echado cerca de la barra. Levantó las orejas y gruño. Lo miramos con desconfianza y lo silenciamos con un ¡shhh! que el animal acató por costumbre.

– Para mí está claro que es policía. – Afirmó Carlos.

– ¿Por qué?

– Los detecto a la legua. Ese es un policía encubierto.

– Cubierto de mierda… – Grito Armando y se contrajo en una inmensa carcajada.

– Mentira. Viste bastante bien. – Trató de refutarlo Ernesto. – Los colores no pegan del todo, pero de todas formas en Cuba nadie sabe vestirse ya. Nada más hay que ver quiénes ponen las modas: las prostitutas, los gays: el hampa.

– Yo no me visto guiándome por ellos. – Intervino Armando.

– No es mi culpa si tú no sabes vestirte, socio.

Carlos se levanto y le gritó al dependiente. -Tráeme dos cervezas. – El hombre vino con las dos botellas abiertas y las dejó sobre la barra. Carlos le extendió una a Ernesto.

– Gracias. La primera impresión es muy importante. Mírate a ti. Esas botas de militar, la ropa negra, las manillas llenas de pinchos, la cadena.

– Lo que pasa es que a ti te gustan esas ropitas miki. Siempre andas vestido como si fueras a desfilar por una pasarela.  Mírate ahora mismo: todo lo que traes puesto tiene marca.

– ¿Y qué? Además, eso no quita que tú también estés influenciado. Ahora mismo ¿ese pullóver  apretado de dónde viene? ¿Cómo le dicen? Pinguerito.

– Yo siempre me he vestido así.

– Mentira. En otra época usarías ropa mucho menos ajustada. El caso es que a pesar tuyo, estás usando una moda que impusieron ellos. Lo único que la usas tan mal que pareces un payaso.

– No te pases.

– Donde quiera que llegues te van a juzgar por la manera en que vistes. Yo entro donde quiero y nunca me dicen nada. Tú, en cambio, siempre andas en líos con todo el mundo.

– Eso es cierto. Deberías ponerle un hilo al carnet y colgártelo del cuello como una credencial. Así al menos te evitarías el trabajo de sacártelo del bolsillo en todas las esquinas. – dijo Carlos.

Reímos con la ocurrencia. Todos menos Armando, que no tiene sentido del humor cuando los chistes giran alrededor de su persona.

– A mí me sienta esta ropa, imbécil. Y cállate ya, animal de mierda. – Le grito al perro de Joyce, que volvía a gruñir.

– Ya lo creo. – Dije yo tendiéndole un brazo sobre los hombros. Me miró con agradecimiento.- Rock is dead. Punk is rotten. – Dije yo, y estoy completamente seguro que nadie entendió un carajo, pero corté la discusión y en esto la frase fue un éxito.

– El tipo, de cualquier forma, está raro. – Dijo Carlos.

– Sí tiene algo… indefinible.

– Estoy seguro de que es policía. – Volvió a decir Carlos. – No han visto los Día y Noche. Este es de los que salen a la calle vestidos de pepillo para  coger a los que fuman marihuana y toman pastillas.

– Nosotros andamos limpios, así que no hay miedo.  – Argumentó Armando.

– Y hablando del tema ¿a cuánto están por tu barrio? – preguntó Carlos.

– Caras, más caras de la cuenta. – respondí yo, aunque la pregunta no iba dirigida a nadie en específico. – Estoy quitado.

– ¿De qué hablas? Si fumaste conmigo hoy. – Dijo Armando.

– Sí, pero hacía como dos meses que nada.

– Así que fumaron hoy. ¿Dónde la consiguieron? – Carlos tenía cierto aire inquisidor que resultaba incómodo.

– Donde siempre.

– Sí, pero dónde.

– Por cincuenta y 23.

– Yo creo que es gay. – Insistió Ernesto, que durante nuestra conversación no le había quitado los ojos de encima al tipo.

– ¿Qué?  – Armando se atragantó con un buche de cerveza y esbozó una sonrisa.

– Creo que es gay – repitió Ernesto.

– No jodas. Ese tipo no es maricón.

– Tengo ojo clínico para esas cosas. Ese es gay. Fíjate en la forma en que coge el vaso de la mesa. Los labios parecen estar besando cuando se posan sobre el cristal. Y en la lengua, como acaricia cuando bebe.

– Mierda… – dije yo.

– ¿Quieres otra cerveza? – Me preguntó Armando solícito.

– Sí.

– Dos más aquí.

El cantinero puso las botella sobre la barra.

– Oye, oye. – Lo llamó de nuevo Armando. – ¿Conoces al tipo que está en la  esquina?

– No, nunca lo había visto antes. – respondió y nos dio la espalda.

– Deberíamos ir a preguntarle. – propuse yo

– ¿Qué coño! – y Carlos siguió fingiendo voz de idiota: – Oye, socio, ¿eres gay o policía? ¿Quién va a ir?

– Lo echamos a la suerte y al que le toque…

El perro de Joyce ladró con fuerza a algún espíritu que le andaba rondando la cola. Ernesto dio un salto sobre el asiento y Armando se volvió con la botella en la mano, dispuesto a usarla como arma. Carlos y yo, apenas nos movimos.

– No pienso llegarme allá para nada. – dijo Carlos. – Dos cervezas más. Y tú Ernesto, ¿irías?

– Creo que sí.

El camarero trajo las cervezas y casi las tiró contra la barra.

– ¿Viste como ese cabrón tiró las cervezas? – preguntó Armando.

– Sí, pero no le hagas cráneo. Tiene su asunto conmigo. – Era Carlos el que había respondido. Todos nos viramos hacia él.

– ¿Qué es eso?

– Que tuvimos un problema antes. Nada importante, pero parece que está resentido.

– Resentido va a estar después que lo reviente. Que vuelva a tirar las botellas de nuevo, si es duro. – Grito Armando con intención de que el camarero lo oyera. El hombre no le hizo el más mínimo caso. – ¿Bueno? ¿Quién es el valiente que habla con el tipo de la esquina?

– Ya dije que estoy dispuesto.

– Apuesto a que sin sorteo siquiera, Ernesto. – dije yo.

– ¿Y eso por qué? – inquirió Carlos.

– Los labios, la lengüita… Eres un pervertido, cabrón.

– Lo único que hacía era describirlo. Míralo, recoge el vaso de manera femenina. – Ernesto estaba nervioso. Su voz tenía una seguridad hueca. – Y la forma en que bebe, hace cuanto tiene esa cerveza delante…

– Pensándolo bien, tú sí coges la botella de manera femenina: con la punta de los dedos. – lo interrumpió Carlos.

– ¡No es cierto!

– Quizás no quiera lastimarla, porque piensa que es un “tubo”. – Dijo Armando y casi rueda de la banqueta al piso en medio de una carcajada atroz.

– ¡Cretino! – Ernesto trató de golpear a Armando, pero éste se incorporó y atrapó las manos del otro en el aire, inmovilizándolo por completo.

– Cálmate; no le pego a las mujeres.

Ernesto tenía los cachetes como si hubiera pescado una insolación. Logró liberar sus puños y, entendiendo que era imposible pelear contra la mole de Armando, se marchó sin dirigirnos una palabra, rodeado de una indignación que hacía bandera.

El perro de Joyce estaba ladrando de nuevo. Nuestra pelea debió ponerlo en guardia. El hombre de la esquina lo llamaba, sin dirigirle la mirada, y trataba de calmarlo con algunas palabras suaves.

-¡Cállate, perro de mierda! – Le gritó Carlos.

El perro se alejó de nosotros y se sentó cerca del hombre de la esquina.

– ¿Será su dueño?

– ¿Alguien quiere la cerveza de Ernesto? Está casi llena…

– No tómatela.

– Tráeme otra, por favor.

– Y haber si ahora la pones como se debe.

El cantinero trajo la botella y la deposito suavemente en la barra, mirando todo el tiempo a Armando a los ojos. En el último momento, hizo girar la cerveza sobre su fondo, la mano contraída visiblemente.

– Eso es. Un buen cantinero. – Dijo Armando en tono burlón.

– No formen gresca de nuevo.

– ¿Qué significa grosca?

– Gresca. Bulla.

– ¡Ah! Un intelectual. La universidad para todos da resultado, ¿eh? – Armando tenía ánimos de guerra.

El dependiente se fue.

– Ernesto maricón. Buena esa.

– No lo creo. Tiene su cosa, pero no. – dije yo.

– Tu fuiste el que empezaste. – dijo Carlos.

– Era pura broma…

– Le sirvió Manacas a aquella gente. A nosotros nos da Hatuey y a ellos les sirvió Manacas. – Dijo Armando. Miramos a las mesas y, en efecto, les habían servido Manacas a ellos y a nosotros Hatuey.

–  Deja eso. Por fin, ¿dónde es lo de la hierba? Me dijeron que en cincuenta y veintitrés.

– Sí, un negro que se llama Lindo.

– Que nombre más raro.

– ¡Y eso que no lo has visto! Tengo que ir al baño.

Me levanté y, siguiendo mi instinto de bebedor y fundamentalmente mi nariz, me dirigí al fondo del bar. Pase junto al tipo misterioso; en ese momento miraba su jarra de cerveza como si estuviera pidiéndole la mano, levantó la cabeza y los espejuelos oscuros apuntaron en mi dirección. Entré en la puerta podrida y meé en dirección a la letrina, hundido en la oscuridad más absoluta y hasta los tobillos en algún liquido, cuya composición me rehusaba a analizar. A la salida el cantinero me llamó aparte.

– Te voy a decir esto a ti, que pareces el más inteligente de los dos. Oí su conversación, no le sigan diciendo nada a ese tipo: es fiana.

– Entonces Carlos tenía razón – murmuré- Es policía.

– No ese de la esquina no, el otro.

Solté una sonrisa nerviosa.

– ¿Cuál otro?

– Aquel.

– Seguro.

– No seas bruto. ¿A qué decirte si no? – Y me dejó perplejo como estaba, sin más explicaciones.

Cuando llegué a la barra Armando y Carlos estaban de nuevo:

– Sé lo que te digo, ese es monada.

– Esos son buenos para disimular, es su trabajo ¿Cómo puedes saber?

– Sí, ¿cómo puedes estar tan seguro? – le pregunté a Carlos. No respondió. Mi tono debió ponerlo en guardia. Armando no entendía nada, pero la carcajada estaba a punto de aflorar de nuevo: esperaba el fin de la broma.

– Eres policía… jodido, eres policía. No puedo creerlo. ¿Lo conoces hace mucho, Armando? ¿O apareció de la nada? Vienes con nosotros, te compramos unas cervezas y allí, en el taburete, sólo piensas en como jodernos, ¿eh? ¿Quieres saber donde venden drogas? ¿Qué más? ¡Dime!

– No tengo idea de que te habrán dicho – miró al barman y luego a mí. – pero estás equivocado.

– Así que estoy equivocado, ¿no? – Lo bajé del taburete halándolo por la camisa. – Digamos que estoy confundido. ¿Sabes qué? Pues muy mala suerte para ti.

Armando se había puesto en pie y entre los dos lo arrastramos fuera del bar. Lo golpeamos un rato. Le machaqué un ojo como para morado. y Armando le dio un puñetazo de a libra, que lanzó a nuestra víctima contra la acera. Carlos casi no se defendía, sólo pensaba en huir. La oportunidad se le presentó bien pronto. Al primer descuido corrió calle abajo; no lo perseguimos. Entramos al bar y volvimos a sentarnos frente a la barra.

– ¿Vas a tomarte la cerveza de Carlos?

– No, es tuya.

– Buena broma le hemos hecho. – Dijo Armando sonriendo francamente. – Nunca te había visto así de violento.

– Era un fiana.

– ¿De verdad? – Estaba tan confundido que daba pena.

–  Sí, sí, Armando, era policía.

– ¿Entonces ese hijo de puta era chivatón! Vamos a buscarlo. – Y con un movimiento brusco se levantó.

– Ya, ya, olvídalo. A estas alturas debe estar llegando a Oriente.

Logré que se sentara, aunque no estaba muy convencido.

– Y todo esto empezó por el tipo de la esquina. – Apunté yo.

– ¿Quién fue el que sacó el tema? – Preguntó Armando.

– No recuerdo.

– Deberíamos, por fin, preguntarle.

– ¿Lo echamos a la suerte?

– Una moneda… ¿cara o cruz? Pero no hay tirada doble, el que salga tiene que ir. – Y creo que estaba rezando “Por Dios, que me toque a mí…”

– Ya está bueno. Yo voy a preguntarle.- Me puse en pie y escurrí la cerveza.

– Voy a pedirte otra. – Y dirigiéndose al cantinero – Tráeme dos.

Entonces el hombre se levantó. Llamó al perro de Joyce, y le puso una correa de esas que se atan al lomo. Recogió de la mesa un objeto que hasta ahora no habíamos notado: era como una vara de apenas un pie. Apretó un cierre y el bastón se extendió. El ciego tanteo sus pasos hasta la salida.

– Déjalo en paz. – Dijo Armando.

– Sí, ya déjalo. – Dije yo.

Nos miramos a los ojos unos segundos; luego nos volvimos a nuestras recién llegadas cervezas y las terminamos sin decir una palabra.

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