El Miki (o Miami kitsch)

Ya tenemos el MIMO, o Miami Modern, es la hora del MIKI, o Miami Kitsch. Un estilo del todo fundamentado en la psiquis de los depredadores que viven en esta ciudad, gente definitivamente miki. Antes de seguir con mis argumentos permítase decir que yo soy todo un kitschmen. Sí, me gustan las películas de zombis, sí, me gusta el rock pasado por agua del milenio, sí, me gusta Miley Cyrus (y aparentemente no me puedo librar de ella, porque esta en todas partes), sí, me gusta la sci-fy y bigbang theory, sí, me gusta el sexo entre tres… joder, dije eso en voz alta, sólo lo estaba pensando, sería bueno además incluir a la Miley…. De cualquier manera, soy un kitschmen, un hombre adicto al kitsch y a sus consecuencias, que tampoco son cataclísmicas por cierto. Seguir leyendo

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Por qué a los artistas no les gusta el arte, y a los críticos sí

Es difícil encontrar a un artista que le guste el arte. Y cuando hablo de arte me atrevo a un equívoco, en realidad me refiero a las artes plásticas, o visuales si lo prefieres. Por alguna razón los artistas plásticos se creen más artistas que el resto. Pero de eso no trata este rant así que lo dejo de lado.

Una de las cosas que más odio es ir a las galerías con algunos de mis amigos artistas. Realmente, a veces preferiría ir con ellos al fútbol, sólo porque estoy seguro de que no saben nada de deportes y no pueden opinar. Pero son amigos y les gusta el arte, así que de vez en cuando no me queda más remedio. Especialmente cuando insisten en pagar los tragos, o tienen una botella a medio cuello en la casa. Soy una puta de alcohol… lo sé… y no me siento orgulloso de ello. Sea como fuera, a veces tengo que ir a alguna exposición con ellos, y entonces me veo en la desagradable situación de verlos criticar, denigrar, e insultar pieza tras pieza la muestra entera. En serio, es como si no les gustara el arte. Al final simplemente me quedo con la pregunta: bueno, y para que venimos entonces?

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Balada tropical

Durante 33 años y pico he esquivado cuidadosamente las consultas del psiquiatra, a pesar de mi obvia condición. Así que decidí alejarme lo más posible de aquel desastre de magnitud atómica. Me senté en un banco y miré con cinismo a la multitud. Súbitamente, como en los más bien patéticos video-clip de la televisión, estaba siguiendo el compás con el pie. ¿Compás? Para mi total asombro, después de unos diez minutos, la música empezaba a tener sentido. No se puede decir que fuera música, en propiedad. Algo quizás… como ruido sería más preciso. ¡Mucho ruido!

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Probablemente debería mencionar que soy alérgico a los performance, la mayoría de las veces me salen ronchas, y no puedo dejar de rascarme, cuando veo uno. Esa, combinado con el impulso de subir a la azotea del edificio más cercano y saltar, son mis dos reacciones naturales, cuando a alguien le da, por poner un ejemplo, por quitarse la ropa y pintar con los senos teñidos de hollín en el suelo. Mi desesperación suele incrementarse si además pretende explicármelo. Para mí, el éxito del performance antes descrito descansa en la relación que exista entre las tetas y el hollín, a saber, debe ser inversamente proporcional, o sea, a más tetas menos hollín. De forma que no puedo ser considerado un juez imparcial frente a este tipo de obras: estoy francamente predispuesto en contra.

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