TATÚ (un cuento que no tiene nada que ver con el grupo)

Quizás hallan oído hablar de Tatú. Por algún tiempo fue toda una celebridad, aunque ahora casi nadie lo recuerde. Y es que sin lugar a dudas era un tipo original. Un día se le ocurrió tatuarse el nombre de cada mujer con la que había hecho el amor. Alguien le celebró la idea y a él mismo le pareció muy buena; a partir de entonces se convirtió en costumbre.

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Podrido Rima con Jodido

La peste era intolerable. Un hedor a muerto que se introducía nariz arriba a punzonasos. Busqué en el cesto, pero sólo había papeles más bien inocentes; cuentos desechados, hojas de la escuela y cosas así. ¿Sería algo que traje en un zapato? Revisé las suelas. Nada. Haciendo de tripas corazón, traté de concentrarme en el olor. Quizá podría encontrar alguna pista. Fue una tarea sumamente desagradable, pero dio resultado. Era indiscutible que el olor pertenecía a la clase que emiten los cuerpos en descomposición; como carne podrida.

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Mi Gato está Poseído

Mi gato esta poseído. Me mira con ojos de diablo desde lo alto del refrigerador. Un odio nuclear infesta su alma. Sé que repasa terribles ideas, y planea nuestra muerte con paciencia de depredador.

Es una bestia fría y peluda. Y su actitud calculadora es el peor de los presagios. Por eso un escalofrío me recorre todo el cuerpo cuando lo siento llegar a casa. Y digo “lo siento” porque es imposible oírlo. Como todo el que trama una venganza, mi gato es extremadamente reservado. Si me lo encuentro en la calle, por casualidad, huye a la sombra de un salto. Nunca me invita a las orgías en que participa en las noches, y sólo puedo adivinar las degradaciones de que es capaz. Mis manos tiemblan como las de abuela cuando lo veo recorrer las estancias. Se mueve con la parsimonia que solo el poder brinda. Se pasea por mi cuarto como quien mide su feudo. Anda con ese aire de autosuficiencia militar, sabedor de que todo esto será suyo. En cierta forma ya lo es, porque su maldad es irrefrenable.

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El Tipo sin Huesos

¡Ah! Las delicias y ventajas de no tener huesos. Las discusiones acaban antes de empezar: los jefes y la policía siempre tienen la razón. Tómese una  guagua, por ejemplo: 40 grados centígrados, repleta de gente enojada, y aun así (cuando no se tiene ni una gota de calcio en todo el organismo) se está a gusto. La gorda de enfrente no es barricada, pues cualquier brecha es autopista. Los codazos y golpes no encuentran blanco. Y si se aburre uno de los roces, empujones y gritos coléricos, la solución es clara: chorrear hasta el suelo. Así, hecho una pasta viscosa, arrastrarse hasta la puerta entre pisotones y escupitajos. Para caer como vómito sobre el asfalto y seguir camino a pie.

Otnemem

– Estaban un hombre y una mujer sentados en la piscina del Hotel Riviera. Para impresionar a la chica, el hombre se trepa al ultimo piso del trampolín y salta. En el aire da tres vueltas y cae en perfecto clavado. ¡No levanta ni una gota de agua! El muchacho sale y se seca. Cuando acaba se sienta y le dice a la muchacha: “¿Viste ese salto? Yo era campeón olímpico de clavado”. La chica, para no ser menos, se tira a la piscina. Empieza a nadar a tremenda velocidad de punta a punta. Da una, cinco, diez… veinte vueltas sin parar. Cuando por fin sale, el chico le pregunta: “Pero bueno, ¿tú eras campeona olímpica también, no?” Ella sonríe y le contesta: “No, papi, yo era puta a domicilio en Venecia”.

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Megacity Blues

Todo tiene precio y todo tiene dueño. Cuatrocientos millones de habitantes viviendo apiñados en la gran ciudad. Adonde quiera que mires hay gente, mucha gente. Pero todo tiene precio y todo tiene dueño. La ciudad ha crecido más allá de cualquier horizonte. No la hemos hecho nosotros, se ha construido a sí misma y nos ha encerrado en su interior. Y todo tiene precio y todo tiene dueño.

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Las Hormigas

Un día como otro cualquiera estaba leyendo. Sentado en mi silla preferida; era yo la comodidad misma. El libro era uno de esos ladrillos que valdría la pena mandarlos a un egiptólogo: una obra de Kant, si no me falla la memoria; que nunca abandono la ciudad en que vivía para poder escribir difíciles tomos y que sin ver nunca los grandes museos escribió una obra cimera de estética. Nada, una de esas torturas impresas que los profesores (en su doctoral inocencia) mandan a leer a los estudiantes. Una inmovilidad mineral se apoderaba poco a poco de mis miembros. Los ojos patinaban, con el peor equilibrio, sobre los renglones…

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